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El invencible Barcelona también sufre, suda, peca, se descompone y no pierde, porque al Valencia le faltó su matador Villa o el veneno del murciélago valenciano. En un superlativo partido, al “che” le faltó el ‘punch’ que casi siempre mostraba haciéndose presente como un goleador.

En partidos como éste, en otras ocasiones, aparecía Messi con la varita mágica o su zurda apabullante para resolver partidos cuesta arriba, trabados, grises, con rivales empleados en la presión muy adelante para ahogar el toque-toque blaugrana.

Pero Messi pasa por una época de ‘maradonitis’, una enfermedad que tiene su cepa en el seleccionador argentino, que ha llegado a eclipsar o crear complejos en el mejor jugador del mundo. Messi parecía que no venía del Río de la Plata, sino del río triste, mohino y deprimido.

La pena es que será difícil volver a ver en ese estado de ánimo, de fuerza y técnica que vimos al Valencia, con un Silva espectacular, un Pablo técnico y suntuoso y un centelleante Mata, al que se le olvidó el gol como nota sobresaliente. Nunca sabremos ya qué hubiera ocurrido con Villa dentro del partido.

Por supuesto, el Barcelona con Messi triste, sin Ibrahamovic ni Henry también padece de sequía goleadora. Guardiola querrá hacernos entender que Pedro es un diamante en bruto, pero podemos contestarle que todavía muy en bruto, sin esa brillantez deslumbrante de los asesinos del área.

No está nada acostumbrado Messi al implacable acoso de los críticos. Y mucho menos, a que un país al que ama –a pesar de haberlo abandonado cuando aún era un niño le reproche ‘delitos’ como no conocer ni cantar el himno nacional de Argentina, que no tenga suficientes amigos en el vestuario albiceleste, que prefiera huir cabizbajo de Montevideo antes que celebrar la clasificación del Mundial o que no asuma el liderazgo de una selección sin pies ni cabeza cuya clave de bóveda es un dinosaurio como La Brujita Verón.

Pocas veces ha mostrado Messi su sufrimiento en un campo de fútbol. Hasta la fecha, siempre ha encontrado refugio tras una pelota. El balón como gran elemento redentor. El problema llega cuando el cuero se desliza lejos de sus pequeños pies, como le ha ocurrido en sus últimos partidos con Argentina, o en Mestalla. La pesadumbre se hace entonces evidente, la ansiedad acelera y distorsiona los gestos, y no queda más remedio que lamentarse ante esa figura oronda y mal hablada que está llevando a Messi por el camino de la amargura.

Minutos antes de escribir estas líneas, El Diego, quizá cansado ya de hablar de falos después del achuchón que le ha dado la FIFA, escondió su incompetencia tras Messi. “Tengo que hablar muy seriamente con él. Tiene que despegar de una vez por todas con Argentina. Con la selección le cuesta bastante”. Por supuesto, ni una sola palabra de la discutible confección de sus equipos ni de los planteamientos prehistóricos que han provocado que el juego de su selección sea el peor que ha visto Argentina en décadas.

Por suerte, y como ya avisa Guardiola, Messi tan sólo tiene 22 años. Tiempo tendrá para sacudirse las penas y aprender del lado grotesco del fútbol.