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El Barcelona se estrelló contra el muro ruso empatando 0-0 con el Rubin Kazan. A diferencia de lo acontecido hace 15 días, el Barça sacó un punto. Mal menor, pero poco consuelo, porque en otras circunstancias, seguramente empatar en un campo donde el césped estaba tan mal y hacía tanto frío no hubiera sido mal premio. Pero ayer necesitaba la victoria para sacar la cabeza en el grupo, y así vivir más tranquilos, como diría Messi, para no depender, como depende ahora, de ganar al Inter en el Camp Nou y al Dinamo, en Kiev, para pasar a octavos.

Los azulgrana salieron al campo con todo su arsenal, incluido Alves. Lesionado en la última jugada contra el Rubin, el brasileño reapareció y el equipo se asentó especialmente porque Puyol pasó a jugar de central y mezcló muy bien con Piqué. A los barcelonistas poco les importó que no jugara el gigante Bukharov, recuperado de su lesión, y que Berdyev no tocara ni una pieza del once que ganó en el Camp Nou. En el Rubin sólo cambió la camiseta respecto a la ida. Otra vez las dos líneas de cuatro muy juntas sobre la frontal, Domínguez de enganche y Karadeniz metido en los centrales como una bala. Otra vez el frontón. Unos y otros fueron fieles a una manera de entender el juego que practican de memoria.

A pesar del buen funcionamiento defensivo del Rubin, el grupo azulgrana acumuló méritos sobrados para ganar, sobre todo durante el primer tiempo, en el que tuvo la pelota el 75% del tiempo.

Únicamente en el último cuarto de hora pareció resignarse a su desgracia. El trabajo, sin embargo, no le sirvió de nada, sino que al final acabó desquiciado y cayó en la provocación rusa de convertir el choque en un peligroso ir y venir. Valdés apareció en los momentos de duda y con intervenciones de mérito cerró su portería a cal y canto. Los rusos solo tiran la contra cuando saben que van a acabar la jugada, y sus tres tiros fueron muy peligrosos.

La victoria del Rubin hubiera sido injusta, pero no siempre gana el que más chuta, ni el que más tiene la pelota, ni el que más llama a la puerta. Lo de ayer en el Centralnyi es un buen ejemplo.

Si en el partido de ida el Barcelona remató 23 veces, ayer lo hizo en 19 ocasiones. Pero donde no llegó el portero, que a ratos pareció tener tres brazos, apareció la mala puntería. O el palo, como sucedió a los dos minutos de partido, cuando Iniesta habilitó a Ibrahimovic, que superó la salida de Ryzhikov con un toque sutil.

La pelota dio un par de botes y pegó en el poste, el cuarto tiro al palo en el doble enfrentamiento con los rusos. Guardiola suele decir que la suerte no existe, pero está claro que la mala suerte puede decidir un partido. O los dos, en este caso.