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¡Qué difícil fue regresar al trono para los Yanquis! Instalados en la cima de la montaña, ellos todavía están sudando. Incluso la barrida a los Gemelos tuvo sus momentos sofocantes, y no se diga neutralizar a los Ángeles y saltar sobre los Filis. Cierto, ninguno de estos equipos llevó a los Yanquis al límite, pero los exigieron al tope.

¡Qué fue lo clave! Pienso que el pitcheo de A.J. Burnett en el segundo juego, superando a Pedro Martínez. ¿Se imaginan lo que hubiera sido salir de Nueva York 0-2, aterrizando en Filadelfia contra un equipo agigantado? Burnett les cortó el impulso con su estupenda faena de siete entradas en la victoria 3x1.

El factor Pettitte, ganador de dos juegos, el que adelantó a los Yanquis 2-1, y el último. Este veterano zurdo (4-0 y 3.52 en la postemporada), me hizo recordar que en la Serie de 1996 contra los Bravos le ganó a John Smoltz un duelazo 1x0, para colocar al frente a los Yanquis 3-2.

El riesgo que tomó Girardi al mover su rotación de tres brazos, quitándole un día de descanso. ¡Diablos!, ¿qué estaba haciendo? Sabathia respondió con dificultad, pero Burnett se derritió, en tanto Pettitte, realizó un estupendo esfuerzo. Evitó el juego de vencer o morir.

Esos batazos re-energizantes de Rodríguez, Matsui y Teixeira en momentos cumbres; el doble robo de Johnny Damon sobre el mismo lanzamiento; la brillantez defensiva de Mark Teixeira, pocas veces ofrecida por un inicialista; los doble plays mata-intentos de rallies; la presencia, funcionamiento e incidencia de Jeter; y la explosión final y matadora de Matsui.

Y Mariano, el calmante, sobreviviendo a una dificultad y poniendo el orden con la autoridad que le confiere esa estrella de sheriff en el pecho, y esa fortaleza y sabiduría de su brazo derecho fabricante de jeroglíficos.

Cuando se puede juntar todo eso, un equipo resiste cualquier tipo de embestidas, y se impone, aunque termine con sus huesos sudando.