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Ningún optimismo indómito es útil frente a Manny Pacquiao. Ahí tenemos los escombros de Miguel Cotto como una prueba fehaciente de eso. No existe relámpago de inspiración capaz de aplacar su furia implacablemente metódica. En el gigantesco MGM en Las Vegas, demostró una vez más, que su grandeza boxística es de enormes proporciones en una escala inimaginada.

¿Qué más podemos decir sobre este aparentemente irreal filipino? Según Carlos Fuentes “la ficción es una forma de apropiarse del mundo y sus asombros”, entonces sólo cabe preguntarnos, ¿es real este Pacquiao que estamos viendo crecer, impactar, destruir y prevalecer con una autoridad sepulta montañas?

Sí lo es, como lo comprobamos el sábado.

Pensé que estando en San José, escuchando el latir de 20 mil corazones apoyando al equipo de fútbol tico batallar con un hombre menos frente a Uruguay, no tendría tiempo para ver el combate, pero –como diría Diógenes- escrito estaba que lo vería, y al entrar en Escazú, al restaurante dónde íbamos a cenar, ahí estaba el hijo de Julio César Chávez combatiendo en la pantalla del canal Golden. Así que todavía quedaba pendiente la pelea Pacquiao-Cotto, y la vi, con los ojos agrandados por la incredulidad.

Un púgil capaz de desarrollar una dinámica excepcional, exhibiendo esa llamativa destreza técnica que lo caracteriza, Pacquiao certificó rápidamente, desde el primer asalto de exploración con su derecha en punta y su izquierda largamente extendida y precisa, que cada una de sus acciones entre las cuerdas obedece a un saber lo que quiere, con la certeza de conseguirlo.

La clave de Cotto era su poder de golpeo como un 147 libras natural, probablemente en 154 al momento del sonido de la campana. ¡Cómo debe haberse preocupado primero y alarmado después, cuando sus mejores impactos fueron absorbidos por la mandíbula y la cabeza del filipino, sin poder desarticularlo ni por un instante! La lucidez de Pacquiao, en todo momento, era comparable con la de Bethoven elaborando una sinfonía.

Esas combinaciones de golpes fulgurantes y certeras, la solidez para recibir y contragolpear, la facilidad para salir de las cuerdas, el parado frontal para realizar sus descargas, sus salidas a tiempo de la línea de fuego, formaron una cortina borrosa frente a Cotto, quitándole impulso para tomar riesgos.

Lo más impresionante de la superioridad mostrada por Pacquiao, fue cómo desnudó a Cotto, haciéndolo aparecer, pese a los antecedentes conocidos, como un peleador de incipiente tecnicismo, carente de ideas, con su poder inutilizado. Ese tipo de desarme, con tal maestría, pocas veces ha sido visto.

Ni siquiera Robinson frente a pegadores de gran impetuosidad como Basilio o Fullmer, lo pudo lograr, pero Pacquiao ofreció round tras round, un curso sobre cómo hacerlo, mientras iluminaba más con su boxeo el cuadrilátero del MGM.

El rostro de Cotto era un testimonio claro del castigo sufrido, verlo provocaba dolor, y aunque hinchó al máximo su corazón intentando con una terquedad casi suicida, llegar al final, el árbitro intervino recortando su calvario por minuto y medio.

Cuando todo terminó, fue que me pregunté, ¿es real este Pacquiao, o se trata de un producto de la ficción que nos permite ir más allá de todos los límites agigantando nuestra imaginación? Y rasqué mi cabeza.

dplay@ibw.com.ni