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La cancha del Nou Camp todavía está humeante; los corazones agitados por ese frenético ritmo de juego, no se han calmado; incluso el suspenso, que dejó de cabalgar cuando el árbitro dijo “no más”, no termina de desvanecerse. Fue un partidazo, al revés y al derecho, para sufrirlo y disfrutarlo, y sobre todo, para quedarse un rato frente a la pantalla repasando las imágenes.

El mejor Real Madrid que hemos visto desde su ruidosa y costosa reconstrucción, no fue capaz de ganarle al formidable Barcelona de casi siempre, que supo fajarse desde el minuto 62 con un hombre menos, mostrando oficio y maestría.

El gol de Zlatan Ibrahimovic, decidió el fiero duelo. Una jugada entre el sueño y lo real, entre la necesidad de hacer algo urgentemente y la fabricación de la opción.

Hacía apenas 4 minutos, Zlatan había reemplazado a Henry, y cuando Alves se escapó por la banda derecha, y envió ese centro como majestuoso vuelo de águila, haciendo descender la pelota para que Ibrahimovic, entrando con ese furor que lo caracteriza, con la zurda, junto al poste derecho de Casillas, sacudiera las redes del Madrid al minuto 55, y el planeta se detuvo.

No voy a discutir a Ibra como la figura cumbre de un juego que sólo necesitaba un gol, pero ¿qué hago con la valoración del trabajo realizado por ese par de fieras que fueron a lo largo de los 94 minutos, Carles Puyol y Gerard Piqué? ¡Diablos!, el Madrid supo crecer, presionar y crear posibilidades en un brillante primer tiempo, pero siempre, cuando sus atacantes apretaban el gatillo, el cierre oportuno, la barrida espectacular, el no pasarán de esos dos mastines, frustró las intenciones.

Puyol fue un doberman. Sus dos bloqueos espectaculares anulando a Marcelo e Higuaín, y su eficacia como estorbo permanente, desarmó al Real, así como la presencia de Piqué, anticipando, cerrando y multiplicándose, con tiempo y espacio para asustar a Casillas con un peligroso cabezazo a los 68, recibiendo de Xavi. Ellos se vieron casi perfectos en la contención.

¡Ah! Si Cristiano Ronaldo acierta ese pase de Kaká con sello de gol a los 19 minutos, que Valdés saca con su pierna derecha milagrosamente, ¿quién sabe cómo hubiera girado el futuro del juego? Y luego a los 25, Marcelo, habilitado por Kaká, pero desactivado por Puyol, pierde otra oportunidad dorada.

Cuando el Barcelona comenzó a aparecer, fue necesario ver lo mejor de Casillas. El tiro casi sin ángulo de Henry que manoteó sobre el travesaño, la atajada sin rebote sobre un trallazo de Iniesta, la cobertura que garantizó frente a un rayo láser de Abidal que pasó silbándole al poste izquierdo, y el cierre providencial ahogando una entrada en profundidad de Messi, certifican su importancia.

Qué bien se vió el Barcelona en la segunda etapa. Aún con 10 hombres, no se amontonó manteniéndose articulado, sin temores, incluso abriéndose para buscar las rayas. Esto impidió que el Madrid dispusiera de ventaja en el uso de los espacios, y se mantuviera lo suficientemente preocupado. Sólo un gran equipo como es el Barcelona, puede ser capaz de eso, y su triunfo, con la estocada de Ibra, fue legítimo y meritorio.

Un partido intenso, frenético, imprevisible, sensacional. Lo resolvió Ibra, lo ganó el Barcelona, pero su grandeza como espectáculo, fue posible por el accionar de un Madrid por fin iluminado, sobre todo, en el primer tiempo.