Edgard Tijerino
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Ciertamente, el sereno, valiente, resistente y potente mejicano, Edgar Jiménez, parecía estar inutilizado, atrapado y sin escape, en un torbellino de golpes que siguió a esa violenta mega-derecha acertada por “Chocorroncito” Buitrago, en la quijada del azteca, casi convertida en añicos. “No más”, dijo el árbitro, pero, quedó la impresión que Jiménez podía continuar, porque pese a la impresionante frecuencia de golpes del impetuoso chavalo pinolero con pinta de futuro estrella de los encordados, falló la mayoría de ellos, y pocos fueron netos frente a un rival súper-aturdido, tratando de sobrevivir.

Gino Rodríguez, intervino decididamente y detuvo la agresión en ese séptimo asalto, decretando el triunfo de “Chocorroncito” y provocando un júbilo incandescente, sin poder impedir que flotara la incómoda interrogante: ¿se precipitó?
Jiménez, con su cabeza girando como trompo acelerado, quiso ocultarse fingiendo ser una ostra, colocó sus brazos en forma de escudo cubriendo su cabeza, se agazapó, se refugió en las cuerdas, movió su cuello por instinto y no pudo ver cómo los disparos de Buitrago zumbaban como avispas enfurecidas buscando cómo aguijonearlo definitivamente sin lograrlo.

¿Cuál fue la señal que el árbitro esperaba por parte de Jiménez, para no intervenir? Alguna respuesta. Eso nunca ocurrió, hasta que el combate fue detenido. Retrasado una fracción de segundo, el disparo zurdo de Jiménez quedó sin valor. Todo estaba consumado.

Me explica René Pineda, quien ha estado en varios seminarios de arbitraje, que un púgil agredido intensamente sin ofrecer la menor respuesta, empuja al juez a la determinación prudente de la suspensión, sin entrar en mayores consideraciones. Exactamente, eso fue lo que hizo Gino Rodríguez, adelantándose al golpe disparado por Jiménez, supuestamente “amortajado”, como señal de vida.

Ganó “Chocorroncito” con un inicio huracanado, intentando no dejar piedra sobre piedra, atacando con impresionante voracidad a Jiménez, y un cierre espectacular en el séptimo, conectando esa derecha derriba puentes, y volcándose de inmediato buscando con fiera ansiedad, culminar esa ofensiva que no fue lo suficientemente precisa, para ponerle sello al combate.

Dos chavalos de 17 años, emocionaron a la multitud desplegando un accionar sin tregua, fajándose, cambiando golpes, ejerciendo presión constante, tratando de empujar la pelea contra viento y marea, asimilando impactos como si estuvieran construidos de roca, acercándose en cada instante a su punto de ebullición.

Rápidamente, Jiménez mostró su armamento, su determinación y su destreza, fabricándole complicaciones que fueron creciendo, a “Chocorroncito”. El azteca, que aprovechó un desequilibrio del pinolero para apuntarse el único derribamiento de la pelea con un golpe corto, se fue distanciando en las tarjetas, mientras la preocupación nos cobijaba a todos, pendientes sí, del punch de Buitrago, un auténtico cartucho de dinamita.

El noqueador siempre tiene el tiempo a su favor, apuntaba en sus magistrales crónicas, ese ganador del Pulitzer que fue Red Smith, y en séptimo asalto, ese derechazo, cuyo impacto repercutió en miles de mandíbulas, abrió las puertas de la posibilidad dorada, y “Chocorroncito”, por la vía del agobio, aún sin ser tan dañino, finalizó la reyerta.


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