Edgard Tijerino
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¿Qué era yo por cumplir 26 años aquel 18 de enero de 1970?. Diría el poeta de haberme visto: como un ciego, sin rumbo, andando a tientas, tratando de espantar el vuelo de cuervos mientras trabajaba como dibujante en la oficina de proyectos del ingeniero Agustín Chang, junto con Nicho Marenco, Roberto Urroz y Daniel Aráuz. Un vago que prefería andar en los estadios y en los entrenamientos de diferentes deportes mientras perdía tres años en clases, en vez de aprovechar el tiempo construyendo su futuro, me dijo varias veces mi padre, masticando frustración.

No apareció alguien leyendo la palma de una de mis manos, descifrando bolas de vidrio o barajando cartas, para decirme que mi futuro estaba en el periodismo deportivo. Yo lo sentía, por esa poderosa atracción que ejercía tal posibilidad, pero no lo podía fijar como objetivo por no disponer del mínimo soporte para hacerlo. Sólo era un sueño irrealizable.

Y sin embargo, algo casual me abrió las puertas. El caminador medallista de plata olímpico en 1968, Sargento José Pedraza, y el cuarto lugar de los 5 mil metros, Juan Martínez, estaban en acción en la durísima pista del Estadio Nacional durante el mes de diciembre de 1969. Ellos fueron derrotados por sus compatriotas mexicanos Pablo Collins y Mario Pérez, pero no había cronistas cubriendo el evento. Carlos Cedeño, un amigo que trabajaba directamente con el Dr. Chamorro, me preguntó: ¿te atrevés a hacer la crónica y yo se la llevo a Horacio Ruiz?
Casi no duermo. Manuscrita en un papel de oficio, de esos que ocupábamos para los exámenes, le entregué la nota a Carlos, y cómo me sentí cuando la vi publicada a 8 columnas en la siguiente edición de La Prensa. En los primeros días de enero del 70, estaba conversando con Manuel Pinell y Danilo Aguirre, algo para mí, improbable, y decidí renunciar a mi trabajo donde Chang, pese a que había recibido un aumento de salario, llegando a 1,200 córdobas mensuales. ¡Fantástico! Sin embargo, la oferta por 450 córdobas para ingresar al bolsazo, al campo del periodismo deportivo, me pareció tentadora pese a la reducción de ingresos.

¡Cómo te atrapa lo que los analistas llaman vocación para algo!. Obviamente a mis padres no les gustó que yo renunciará a mi trabajo y mis estudios, y saltaron bruscamente. Compañeros me dijeron que no lo hiciera, pero ya estaba decidido que tomaría el riesgo. “Si fracaso, puedo regresar”, le dije a Chang, y me respondió con la única frase de aliento que recibí: “Por supuesto, pero estoy seguro de que no vas a volver. Sos loco con eso del deporte”.

Mi primer día en la redacción fue preocupante percatándome que no podía escribir en máquina, no dominaba la ortografía y que no tenía el menor conocimiento sobre la técnica, más que lo poco que había leído. Pero logré superar todo eso. El entonces padre Juan Arríen me suministraba revistas y el poeta Rothschuh Tablada, libros. “Si lees y lees, vas a aprender a escribir”, me recomendó, y eso es lo que he estado haciendo con el entusiasmo de quien decide un juego.

Cuarenta años después, todavía estoy aquí, ya jubilado, pero tan motivado y apasionado por este trabajo, como el primer día, hasta que se me acaben las baterías.


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