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¡Cómo pelearon los Tiburones, pero no hubo forma de sujetar la furia de los rugidores!, que atacaron siempre hasta asegurar la victoria por 8-6, en lo que fue una fiera coronación. La quinta batalla, con la desesperación de unos tratando de taladrar la ilusión de los otros, desembocó en un espectáculo emotivo que mantuvo de pie a la multitud masticando uñas y controlando escalofríos, hasta que Marlon Abea fue ponchado por Gonzalo López en el último aullido del drama. En ese momento, se le quebró “el espinazo” al viejo Estadio, viendo sepultados a sus Tiburones.

Los muertos no tenían derecho a quejarse, porque no había nada que discutir sobre la superioridad y los méritos de los rugidores en la serie. Después que su inspiración fue cortada en el duelo anterior, los Leones llegaron a Granada con la intención de derribar murallas y no dejar piedra sobre piedra. Con jonrones de Luany Sánchez y Dwight Britton, par de triples y otros cinco cohetes en los primeros cuatro innings, tomaron ventaja por 5-0, pero no lograron aterrorizar a sus adversarios, pese a dejarlos perdiendo sangre y tratando de curar apuradamente sus heridas.

¡Ah, si Marlon Abea no se poncha con las bases llenas y la pizarra apretada 5-4 en el cierre del sexto, la intriga alrededor del desenlace, hubiera crecido! Pero Wílder Rayo pulverizó a Marlon en ese momento cumbre y finalmente decisivo, facilitándole a León recargar baterías y continuar su arremetida con una carrera en el sexto y dos en el séptimo, ampliando 8-4 su ventaja. Eso les permitió soportar los intentos de resurgimiento de los Tiburones, estimulados raramente por dos errores del habitualmente seguro Edgar López.

Todavía golpeado por la forma en que fue bateado tan impune y fuertemente Diego Sandino, el público se sintió tan restaurado como La Ultima Cena de Leonardo, galvanizado por esa ofensiva que produjo cuatro carreras en el fondo del quinto inning, obligando a la salida del abridor felino Romualdo Caballero. Fue iniciada con hit de Abea, agrandada por el error de Eduardo Romero en el rincón del jardín derecho, y finalizada entre la angustia de tener las bases cargadas, con Rayo amordazando a Marlon.

Pocos creían que los Tiburones podrían fabricar más problemas, cuando un triple de Sotelo y roletazo de Norman, bateador de un ruidoso doble de dos carreras en el quinto, fabricó la sexta carrera, antes del último turno, el de quemar las naves y sumergirse. No, nada de eso. Edgar López se derritió súbitamente y con dos errores, abrió puertas no sólo para la sexta carrera, sino para ver en circulación el empate por el doble de Jimmy y Justo Rivas en el plato, con Abea en el círculo de espera. Gonzalo López, el quinto brazo utilizado por Guillén, respondió bajo presión dominando a Justo y ponchando a Marlon.

Todo estaba consumado. León se coronaba por segunda vez en esta nueva etapa del béisbol profesional, sin abrir espacio para discutirlo, imponiéndose con autoridad, atrapando admiración con su conquista.


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