Edgard Tijerino
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Estoy claro de que los Juegos Centroamericanos han perdido interés en todo sentido, figurado y real. Su nivel de competencia es exageradamente discreto, y consecuentemente, no se puede garantizarle al público el espectáculo deseado.

Sin embargo, en lo referente a conseguir mejorar instalaciones, algo cada vez más difícil en estos países, con excepción de Panamá, resultan saludables.

Deportivamente hablando, Centroamérica es la cola del mundo. No hay más profundidad, como lo demuestran las cifras con su testarudez, eso sí, desde que se inventaron, constituyen el gran estímulo para nuestros atletas. Recuerdo que en 1973, aún sobre los escombros del terremoto, escribí, “Hay que ir”, argumentando que si no lo hacíamos, ¿qué oferta le podríamos hacer a los sacrificados atletas tan apretados por las limitaciones?

Y fuimos a Guatemala a competir con ciertas posibilidades de fajarnos en algunas especialidades, lo que se hizo. Fue hasta en 1986, también en Guatemala, que el deporte pinolero, con el decidido apoyo del Inder cubano, dio un llamativo salto cualitativo, y por vez primera mostró una afilada dentadura en ese nivel, llegando incluso a ganar eventos en velocidad pura, algo considerado improbable en otros tiempos.

No tienen estos Juegos en su pequeñez, grandes historias, pero no olvido aquellas finales en 100 y 200 metros con la nicaragüense Marisol García retando a la guatemalteca Cristian Schuman, obligando a la revisión de fotografías. Nicaragua siguió creciendo en los Juegos realizados en Honduras en 1990, confirmando las advertencias, pero el impulso se detuvo más adelante, lamentablemente. Se necesitaba más inversión y planes de desarrollo más efectivos.

El impacto producido por el deporte de alto nivel, ahora televisado a todos los rincones del planeta, y la popularidad del Sports Center, abrieron los ojos al público centroamericano y lo hicieron más exigente en lo referente a marcas y atracción. ¿Qué significado tenía el deporte del área? Muy poco, casi nada, y eso golpeaba, obligando a aterrizar las expectativas en la pista de una dura y hasta cruel realidad.

El fútbol de Costa Rica, Guatemala, Honduras y El Salvador, aunque no comparado con los niveles de la Concacaf, era atractivo, así como el béisbol y el boxeo de Nicaragua, pero, ¿y lo demás?. De manera que no había forma de motivar al público, y esto afectó seriamente el futuro inmediato de los Centroamericanos, debilitando el interés.

Panamá fue el primer país en mostrar incomodidad, ausentándose en muchas disciplinas o presentando delegaciones simbólicas. El “Monstruo” del área se fue apartando poco a poco, aunque metiendo el hombro como sede, cuando fue necesario un apoyo para evitar el naufragio. Algo que debe agradecérsele.

Como sede para esta edición de 2010, lo único seguro es precisamente Panamá, que reunirá a varios deportes, por cierto los que más nos interesan, pero la cancelación informada por Guatemala, el poco ruido escuchado en El Salvador y la repercusión que eso provoca, hacen peligrar los Juegos de 2010 que habían sido trasladados para el mes de abril.

Así que, el gran estímulo para nuestros atletas se encuentra en peligro. Tristemente.

dplay@ibw.com.ni