•   VANCOUVER, Canadá  |
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La XXI edición de los Juegos Olímpicos de Invierno se inaugura hoy en la ciudad canadiense de Vancouver, con esperanzas de llevar al mundo una tregua en sus habituales preocupaciones de guerras, descontento social y crisis financiera internacional.

Un total de 2.762 deportistas (1.660 hombres y 1.102 mujeres) de 82 países tendrán la tarea de servir de enviados de paz durante 17 días, compitiendo bajo los aros olímpicos en 15 disciplinas.

Y dentro de esa gran cifra, un poco más de dos decenas de atletas latinoamericanos de Argentina, Brasil, Chile, Perú, Colombia, México y Jamaica pondrán su granito de arena para patinar en nieve ajena, sin esperanzas de medallas, pero mucho corazón.

Acompañando a los protagonistas del baile invernal cuatrienal, estarán además aquellos que les juzgarán, un total de 2.982 oficiales y los 10.000 periodistas que hablarán de sus hazañas y criticarán sus debilidades, valiéndose de lo último en tecnología de la información.

Nada comparable a los 258 pioneros de 16 naciones que una fría mañana de 1924 -pese a la oposición del mismo padre del olimpismo, el Barón Pierre de Coubertain- arrancaron este sueño invernal en la localidad francesa de Chamonix, punto de partida de los Juegos Olímpicos Invernales.

Los ideales que promovieron los Juegos se mantienen inalterados, y bajo esa paz olímpica es posible reunir en un mismo estadio a rivales en guerra, a ricos y pobres, a los amantes del orden y los vividores del desorden.

Pese a que los sucesores del trono de Coubertain han hablado y luchado contra el gigantismo de los Juegos, cada cita olímpica, lo mismo de verano que de invierno, rompe récords de participación.

Y Vancouver no ha sido la excepción de una regla que se va haciendo repetitiva: mientras más crezcan los Juegos más engordan las finanzas del COI y sus acompañantes en el negocio olímpico, y más se endeudan las ciudades organizadoras y sus habitantes.

Canadá hizo una fuerte apuesta de casi 1.700 millones de dólares en la ruleta olímpica, esperanzado en recuperar la inversión mediante el turismo, los derechos de transmisión de los Juegos y otros rubros muchos de los cuales comenzarán a dejar réditos al terminar este evento.

Salvo la gente de Vancouver, que agradece y bendice los Juegos, el resto de los canadienses ve con pesimismo la inversión olímpica, recordando que tan solo hace tres años Montreal terminó de pagar las deudas que le dejaron los Juegos de Verano en 1976.

Pero los habitantes de Vancouver son gente optimista y esperan su cita olímpica con la ansiedad de niños en el Día de Reyes. Como esperan por conocer los detalles de la ceremonia de inauguración, el secreto mejor guardado de todo Canadá.

Poco se sabe del espectáculo que abrirá los Juegos el viernes en el BC Place Stadium, salvo la parte rutinaria del desfile de las delegaciones, el saludo del gobierno canadiense a los participantes, y las palabras oficiales con que el presidente del Comité Olímpico, Jacques Rogge, dejará inaugurados los Juegos.

El Comité Organizador (VANOC) le ha vedado el paso a la prensa a los ensayos, y cada uno de los 4.000 voluntarios que participarán en la ceremonia ha mantenido la boca más cerrada que iglú de esquimal en plena tormenta de nieve.

El productor del espectáculo es el australiano David Atkins, bailarín, coreógrafo y director de la David Atkins Enterpises, empresa que montó las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Sydney-2000.

Tampoco se ha hablado de los invitados especiales, aunque los canadienses se sintieron algo decepcionados al conocer que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, mandará en su lugar a su vice Joe Biden.