Edgard Tijerino
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Cuando lo vi en el hospital, en los primeros días del mes de diciembre, un escalofrío recorrió vertiginosamente mi columna vertebral y escuché el crujir de mi tráquea. Me asusté, lo confieso. Carlos García, el más grande dirigente deportivo que por aquí hemos visto pasar, conectado por tubos plásticos a diferentes aparatos, parecía estar flotando sobre un misterio inescrutable. Seguramente me veía como una imagen borrosa, aunque finalmente, supo quién le hablaba. No podía moverse por su propio impulso, pero me atreví a tratar de hacerlo sonreír recurriendo a la relación que casi siempre establecimos durante casi 40 años. Uno no imagina a la Esfinge derrumbada.

A partir de ese momento, Carlos, posiblemente estrangulado por una depresión que coincidió con la delicada operación en una de sus rodillas, distanciado del gran amor de su vida que fue Feniba, su cerebro se vio afectado severamente. Vi casi sin vida a quien siempre deseó vivir intensamente, sin horario, estimulado por el siguiente instante, como diría Sweig.

Me pregunté: ¿Qué pasó con la dureza mental y el carácter indomable de aquel hombre que aún en la cárcel, condenado a 30 años, acusado injustamente de contra-revolucionario, encontré siempre de pie en cada visita que le hice, interesado en pelear con ese presente tan implacablemente adverso, dejando atrás las naves quemadas para enfrentar lo desconocido?.

Carlos, el gigantesco organizador de tres Campeonatos Mundiales de béisbol amateur, incluyendo el de 1972, el mejor de la historia, el hombre que tantas veces me dijo “no hay imposibles”, que saltaba sobre los retos de cualquier tamaño con la facilidad de Edwin Moses superando las vallas, luciendo ahora dramáticamente desarmado y envejecido, estaba a la orilla de la nada. La pintura era estrujante.

Pensé rascando mi cabeza: ¿Cómo podría reaccionar?. La fuente de fuego de donde brotaban sus grandes arrebatos, como se decía de Dostoiewski, ya no estaba funcionando. Era natural la preocupación que lo rodeaba con un diagnóstico médico reservado. Consciente de la dimensión que alcanzó este hombre impulsando el béisbol nacional contra viento y marea, consiguiendo llevarlo a niveles de competencia insospechados, el Presidente Daniel Ortega le garantizó cobertura completa de su atención hospitalaria. Una acertada decisión.

Los días comenzaron a pasar repitiendo imágenes. Sólo el propio Carlos podría rescatarse. Necesitaba reactivar su voluntad otrora inquebrantable, y recibir una transfusión de su propio optimismo, ese que tanto le sirvió cuando en 1985, después de cuatro años y medio de prisión, fue dejado en libertad golpeado por una serie de malestares que agrietaron su salud, haciéndolo lucir como el Coliseo romano herido.

Antes de Navidad envió algunas señales alentadoras. Incluso conversó con Emmett sobre su retorno al Comité Olímpico para algunos trabajos específicos. Hace unos días, fui a su casa y lo encontré mentalmente lúcido. Aquellas lagunas habían desaparecido y estaba frente a la pantalla de CNN cuidado por Belkis. Era otro Carlos, revitalizado, podríamos decir, con ganas de estar aquí, en este mundo convulso al cual se había acostumbrado. Recordó muchas escenas de nuestra amistad con precisión, cuando la década de los 70 apenas comenzaba. De pronto, estábamos bromeando como antes.


Apúntenle juego salvado a Carlos García. En l 2012, cumplirá 80 años. “Quiero celebrarlo”, me dijo.


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