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Nunca ví batear a Paco Soriano, pero lo conocí y lo entrevisté. Un tipo simpático que le gustaba jactarse de haber sido el más grande hiteador pinolero, considerándose irrepetible para el futuro. Soriano fue el primer graduado como “Rey del hit” en nuestra pelota. Aseguraba darle hasta dos strikes como hándicap al pitcheo enemigo, y atacarlo eficazmente con sólo un strike disponible. ¿Se imaginan eso? Obviamente Paco estaba exagerando, pero todos los historiadores, coinciden en que era muy difícil sacarlo out.

Sí pude ver a Eduardo Green y Bert Bradford, el primero fue campeón de bateo en la Serie Mundial de 1950, y el segundo, bateador de 25 hits en la Serie de 1952 realizada en México, estableciendo un récord superado por Wilfredo Sánchez 20 años después. Ellos continuaron hasta “quemar sus últimos cartuchos” en aquel béisbol profesional fantasioso que vivimos a partir de 1956.

Hoy, Próspero González, un estupendo bateador, con esa combinación de poder y tacto que hubiese utilizado Rodin para elaborar una escultura del mata-pitcheres perfecto, se encuentra en la cima de los hiteadores nicas de todos los tiempos, saltando sobre el esfuerzo de esa fotocopia de Espartaco vestido como pelotero, que siempre fue Ariel “Panal” Delgado.

Próspero, en pie de lucha atravesando por su temporada 27, lo que es un alarde de durabilidad, agrandará su marca como un reto para las futuras generaciones, y nos obliga a escarbar en el baúl de los hiteadores, entre los cuales son merecedores de menciones especiales, el ganador de cuatro Triples Coronas, Pedro Selva, con racha de 15 juegos disparando cohetes en una Serie Mundial, quien enfrentó los retos constantes de Ernesto López; Nemesio Porras y Henry Roa, dos “científicos” del bateo, Pablo Juárez un zurdo todo-terreno, y actualmente, éste incontrolable Jimmy González en plena agitación.

Pese a la presencia de Marvin Benard en el mejor béisbol del planeta, y la furia de ese chavalo llamado David Green en 1978, registrando la increíble cifra de 156 imparables, sigo teniendo la mayor impresión alrededor de los dos bateadores pinoleros más impactantes vistos en la etapa del béisbol profesional entre 1956 y 1967, Duncan Campbell y Rigoberto Mena, éste último calificado, tanto aquí como en el béisbol mejicano, como el imponchable.

¿Por qué ellos? Sólo un nica pudo ser Campeón de Bateo a lo largo de todas las ligas profesionales, y fue Campbell, más adelante un brillante prospecto de los Piratas, fallecido aquí en un accidente; en tanto Rigo, pelotero Más Valioso de la ruidosa Serie Interamericana de 1964, superando a los astros de Grandes Ligas, Roberto Clemente y Orlando Cepeda, siempre fue el out más difícil.

Pero más importante que eso, fue el pitcheo que tuvieron que enfrentar. Los tiradores que por aquí pasaron, nunca más los volvimos a ver. El impetuoso zurdo Miguel Cuéllar y Ferguson Jenkins, más adelante ganadores del Cy Young, el derecho Luis Tiant, los norteamericanos Phil Reagan, Jack Billighan, Jack Kralick, Jim Weaver, Dick Scott y Jim Shellemback entre tantos; los cubanos Jiquí Moreno, José Ramón y Vicente López, Minervino Rojas y Evelio Hernández, sólo por mencionar algunos.

Las discusiones sobre ¿quién el mejor hiteador? permanecerán abiertas, pero ellos construyeron su reputación, bateando frenéticamente frente a ese pitcheo matador.


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