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Como dice Juan Rulfo, es terrible escuchar el quejido de un muerto. Al poderoso Real Madrid en la Champions, le ocurrió lo mismo que a esa película de impresionante espectacularidad como lo es Avatar, en la Ceremonia de los Oscares. Se suponía que arrasaría, pero pese a su gigantesco presupuesto, asombrosa promoción y haber agigantado las taquillas, fue ruidosamente derrotada. Viendo a su equipo Goliat decapitado ayer, el entrenador del Madrid, Manuel Pelligrini, debe sentir lo mismo que el flamante director de Avatar, James Cameron, estar viajando hacia el centro de la Tierra, girando frenéticamente en un embudo.

Un gol del pequeño bosnio de 20 años, Miralem Pjanic, a los 75 minutos, borró la ventaja por 1-0 establecida por la estocada zurda de Cristiano Ronaldo cuando apenas habían transcurrido 6 minutos, y el Madrid apretaba al Lyon contra esa cabaña tan eficazmente defendida por Hugo Lloris, haciendo pensar que podría construir una goleada.

Con Ramos subiendo atrevidamente para fortalecer la ofensiva, Guti controlando los hilos, Kaká moviéndose y desequilibrando con esa habilidad que todos le conocemos, Higuain punzante entrando constantemente a la zona de definiciones, y Cristiano Ronaldo luciendo como un sprinter de fuerza avasalladora, hambriento de goles, ese Madrid del primer tiempo parecía estar en plan matador frente a un Lyon, que no lograba aproximarse al equipo capaz de retar y complicar a la realeza, como lo hizo en la victoria por 1-0 el 16 de febrero jugando en casa.

Pero Lloris realizó tres atajadas merecedoras de ser colocadas en el Museo del Prado con la firma de Goya o de Velásquez, y el temible artillero argentino Gonzalo Higuaín, solo, con el arquero fuera de foco, vio cómo el poste devolvía su remate de derecha, que hubiera aumentado la diferencia 2-0 en el minuto 24, y dejaba al Lyon caminando como un sonámbulo a la orilla del abismo. El mismo Higuaín a los 27, recibió un pase atrás de Kaká, y una vez más, Lloris frotó la lámpara y evitó el gol que la multitud gritaba, disfrutando del show de furia con mucho de poesía, que el Madrid ofrecía.

¿Qué pasó en los vestidores? El Madrid regresó sin ese resplandor que llegó a cubrir toda la cancha, mientras el Lyon saltó a los niveles de osadía alcanzados en el primer duelo, y que reactivaron los fantasmas de los octavos de final, que por cinco años han estrangulado las posibilidades del Real en las Champions. Kaká se desconectó y fue sujetado, Guti casi no se vio, incluso Cristiano necesitó de los tiros libres y corners para gritar ¡aquí estoy! El Madrid fue confundiéndose y eso alteró su sistema nervioso, por explotar cuando el chavalo Pjanic recibiendo de Lisandro, culminó con un remate mortífero en la zona de miedo, un desborde bien hilvanado por el ataque francés, desarticulando la defensa blanca. Perforado Casillas, desvanecida la ventaja que forzaba el tiempo extra, el equipo Goliat, seriamente herido, sangrando, se tambaleó, y finalmente, tratando de atravesar por una infernal desesperación en busca de la redención, murió, asombrando al planeta.

El final fue para el Madrid, la más angustiante pintura del reino de las sombras que podamos imaginar.