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Decía Rubén sin haber visto el derrumbe del Real Madrid en esta Champions: Nada más triste que un titán que llora, hombre-montaña encadenado a un lirio, que gime fuerte, que pujante implora, víctima de su fatal martirio.

Aunque el fracaso es huérfano, siempre se hace una “cacería” de culpables, y en éste caso, Guti toma distancia quejándose de las individuales, exigiendo ser más equipo, y lanzando un dardo evenenado, afirmando que el Madrid no responde frente a las grandes exigencias. ¡Wow, agáchense!
Guti, que si bien es cierto entregó la pelota que Cristiano Ronaldo supo concretar con su taponazo de zurda a los 9 minutos, desapareció después, y en el segundo tiempo, no se vio. Un equipo de gran funcionamiento, usualmente es producto de la suma de esfuerzos y habilidades de grandes jugadores. Ahí tenemos al Brasil de 1970 con Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino, Jairzinho, Carlos Alberto y Clodoaldo. Ellos fueron capaces de fabricar esa magia que se vio hace 40 años, en un equipo todavía calificado como el mejor en la historia de Copas del Mundo.

Guti, el Madrid que atravesó la gloriosa década de los 50, tenía a DiEstefano, Rial, Gento, Kopa, Santamaría, Puskas y otras fieras. El problema es funcionamiento, y éste Madrid de tan impresionante planilla, que puede tener a Benzema lesionado, Xabi Alonso suspendido, Pepe en larga recuperación, Vanderbart en el círculo de espera y Marcelo viendo el juego desde afuera, no ha podido “rimar” lo suficiente para ser lo necesariamente poético, excepto en algunos momentos, como ese final de espectacularidad tridimensional frente al Sevilla.

Un Madrid tan inconsistente, que se mostró contrastante en los dos tiempos contra el Lyon, brillando primero con su furia y capacidad de entendimiento para fabricar amenazas, y después, ofreciendo una imagen borrosa, ocultando sus habilidades, y hundiéndose.

Como siempre, igual que en el Titanic, el capitán de la nave, Pellegrini no Smith, salta al tapete como el principal culpable, lo que ha obligado a Iker Casillas a salir en su defensa responsabilizando a todo el plantel. ¿Cómo fue posible que el estratega chileno planificara tan bien el primer tiempo con un Madrid volcado, presionante, hilvanado, y luego empujara a sus hombres hacia el caos?
Casillas tiene razón. Todo depende de cómo se interpreten y se realicen las órdenes. Constatemente, las que determinan la diferencia entre victoria y derrota, son las tropas. En Austerliz, Napoleón Bonaparte fue un genio, y en Waterloo, frente a un Wellington reforzado a tiempo, resultó un fracaso. “No escuché que alguien pidiera la cabeza de Pellegrini”, dijo Jorge Valdano, dueño de una palabra de mucho peso en el Madrid.

¿Culpa de Kaká que no ha alcanzado el nivel de rendimiento mostrado con el Milan y con Brasil? ¿Culpa de una defensa que se descontroló en el instante supremo facilitando ese maniobrar que culminó Pjianic? ¿Culpa de un mediocampo que perdió su creatividad en los últimos 45 minutos?, ¿Culpa de Higuaín que malogró una posibilidad tan clara? ¿Culpa de Cristiano, quien pese a su gran actuación cargada de vitalidad y ferocidad, debió correr más, ser más preciso y haber clavado aquel cabezazo?.

Del abismo se levantan tantas quejas amargas y sonoras, diría el poeta.