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Sin las suficientes agallas para tomar riesgos y entregarte a una pelea brava, pisando el acelerador, presionando, yendo a fondo, no podés pretender meter en complicaciones, y mucho menos tener oportunidad de vencer, a un peleador tan rápido, agresivo y agobiante como lo es Manny Pacquiao.

El triunfo del filipino, instalado en la cima del ranking libra por libra, en una pelea desprovista de excitación, fue claro, rotundo, estableciendo round tras round una superioridad incuestionable, sosteniendo el ritmo, atacando con las dos manos, saltando como una pantera, no dando la menor tregua, mostrando a ratos esa brillantez que lo caracteriza, sin permitir perder un solo asalto.

El armamento físico de Joshua Clottey, impresiona. Es alto, vigoroso, puede soltar sus manos con rapidez, tiene la asimilación para soportar las ofensivas de Pacquiao por 100 rounds, pero en ningún momento se escucharon los latidos de su corazón. Se supone que cuando decides meterte al boxeo, y sobre todo, cuando vas en busca de un cetro mundial, o como anoche, tras un milagro, los bombeos del corazón que inflaman las agallas, son decisivos. Clottey nunca va a necesitar una operación a corazón abierto.

¿Cómo sobrevivió Leonard frente a Tommie Hearns y venció sorprendentemente a Marvin Hagler?, a base de agallas. El mismo soporte que tuvo Muhammad Alí para mantenerse en pie frente a Ken Norton con su mandíbula fracturada desde el primer asalto, y Alexis Argüello para estar venciendo con una mano al mejicano Jorge Reyes, hasta que el combate fue suspendido por el médico del ring.

Clottey demostró anoche, que con semejante armamento, no tiene alma de boxeador. Uno se preguntaba: ¿a qué subió al ring?. Por Dios, sólo buscando cómo sobrevivir, renunciando a la mínima posibilidad de triunfar. El púgil de Ghana siempre estuvo más preocupado de recibir el menor castigo posible, descartando el atrevimiento que necesitaba para forzar una pelea intensa, quizás sangrienta, obligando a Pacquiao a extremarse en su esfuerzo, no a calibrarlo tranquilamente y dosificarlo en los últimos asaltos, posiblemente convencido de que tampoco noquearía al africano.

Cuando los primeros asaltos establecieron pautas claras y Pacquiao se adueñó completamente de la iniciativa, Clottey debió haberse volcado sin importarle los riesgos. Ya había llegado con disparos rectos y comprobado que en la corta distancia, podía manejar sus golpes ascendentes. Pero eso sólo lo hizo ocasionalmente. ¡Qué desperdicio frente a la posibilidad de generar un espectáculo vibrante!. Manejando a su antojo los hilos del combate, y consciente de que Clottey podría fabricarle problemas si decidía soltarse agresivamente, como siempre lo hicieron peleadores con el corazón del tamaño de una montaña como Durán o Chávez, el púgil filipino se dedicó a realizar un corte de orejas y rabo, con un buen factor de seguridad, pero desplegando algunas ofensivas afloja tuercas en las butacas.

Clottey resistió mientras la pelea avanzaba deslizándose hacia el aburrimiento, consecuencia de la falta de variantes. Cada round que moría, hacía nacer otro igual con la diferencia estirándose en las tarjetas. Clottey no fue el exigente rival esperado, porque sencillamente dejó sus agallas en el ropero.