Edgard Tijerino
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En la película “En tierra hostil”, o “Zona de miedo”, reciente ganadora del Oscar, el sargento William James, sabe a lo que se mete cuando reemplaza al jefe Matt Thompson, muerto por el estallido de un artefacto improvisado que no fue desactivado. James, protagonizado estupendamente por Jeremy Renner, toma la responsabilidad en Irak sabiendo que su vida estará a riesgo en cada operativo, y se mete de lleno en cada misión, con el corazón en los dientes.

El boxeo es otro tipo de guerra. Como decía el legendario Jack Dempsey, debes tratar de acabar con tu adversario, antes que él lo haga con uno, así que no puedes esperar ni otorgar piedad, lo clave es no dar ni pedir tregua. Es decir, si no tienes el corazón lo suficientemente grande, busca otro deporte, con menos riesgo, no tan exigente, sangriento y destructivo.

Hay momentos en que desgraciadamente, las peleas desembocan en tragedias escalofriantes, como ver a Benny “Kid” Paret, acribillado brutalmente por Emile Griffin, y finalmente muerto, o al argentino Alejandro Lavorante, pasar largo tiempo en estado de coma, hasta desvanecerse. Esos riesgos, estarán ahí, en las narices de los boxeadores.

Juro, que en cierto momento, estando en Bayamón, Puerto Rico, en 1978, quise subir al ring y gritarle a Liliana, la esposa de Alfredo Escalera, que no permitiera que el combate con Alexis Argüello, continuara. Que no esperara la decisión de un árbitro que parecía tardar demasiado. Y es que la imagen de Escalera, era grotesca. Su labio partido como grieta de carretera terremoteada, sus pómulos abollados, sus ojos cerrándose, el protector bucal desajustado, y él aceptando la propuesta destructiva de Argüello, yendo al frente, disparando golpes sin fijar el objetivo, en pie de lucha hasta su último aliento. En ese momento, Escalera era un boxeador que te llenaba el alma, preocupándote al extremo. Hasta que se determinó el “no más”.

El boxeo es Rocky Marciano destrozado, regresando huracanadamente de las sombras para imponerse a Joe Walcott y Ezzard Charles; es Joe Louis escapando a una supuesta inevitable derrota frente a Billy Conn con un resurgimiento heroico; es Joe Frazier y Muhammad Alí protagonizando la tenebrosa batalla de Manila; es Alexis Argüello devolviendo los cañonazos de Aaron Pryor con una insistencia y un estoicismo indescriptibles. Por mucha clase que tenga un boxeador, lo clave es su coraje bajo fuego, como el de William James en esa película, “Zona de miedo”.

Se trata, como diría Shakespeare, de ser o no ser boxeador. La noche del sábado en el nuevo coloso de los Cowboys, ahora instalado en Arlington, el africano Joshua Clottey, se convenció que no tiene alma de boxeador. Y se mantuvo en pie, por ser mucho más fuerte que el agresivo y temerario Mann y Pacquiao, y estar seguro de poder soportarle su golpeo.

¿Cómo se busca una proeza?. Yendo a fondo en todo instante. No se esperaba que Clottey fuera un Leónidas en las Termópilas, pero tampoco el púgil que poco le importó no ganar un round, con tal de evitar riesgos. En boxeo, de alguna manera, eso equivale a estafar a un público sediento de emociones. Joshua Clottey, fue lo más distante a lo que imaginamos debe ser, un peleador.