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El Real Madrid ha elegido el camino más difícil para llegar al título, el del sufrimiento, el del orgullo y las remontadas. Se siente cómodo en esas situaciones, que las maneja con una soltura que asusta. No sabemos si es suficiencia o inconsciencia, pero lo cierto es que pocos equipos se alimentan de orgullo como lo hace el Madrid.

Y a él recurre con más frecuencia que nadie para tumbar rivales. Ese orgullo herido es el que le obliga a reaccionar cuando se ve por debajo en el marcador y no encuentra más argumento para hacer daño al rival. Empieza a cogerle el gusto a las remontadas. Algún día tropezará, pero no parece probable que sea contra el Atlético, que durante 50 minutos se vio capaz de acabar con una década de frustraciones, desengaños y complejos.

La figura del vecino se creó con el único fin de importunar al de enfrente y el Atlético interpretó ese papel a la perfección en la primera parte. No es lo que mejor le sale, porque si hay un conjunto especializado en desesperarlo es el Madrid, que en la segunda parte remontó un 0-1 para terminar ganando 3-2 y mantener intactas sus opciones de ganar la Liga. Porque eso era lo que ponía en juego el Madrid, una empresa de mucha más enjundia que una simple disputa vecinal.

El Madrid no combinó, sus futbolistas apenas se asociaron y todo quedó reducido a acciones individuales, en su mayoría de Cristiano. El Atlético sólo lo hizo una vez, suficiente para tomar el mando en el marcador. Después de una gran jugada colectiva, Agüero, con un toque sutil, hizo llegar el balón a Reyes, que con maestría puso la pelota lejos de las manos de Casillas para poner el 1-0 para el Atlético.

El Madrid salió con otra actitud, lanzado por la victoria y no le costó mucho asegurarla. En esa transformación nadie influyó más que Xabi Alonso, la pieza clave del equipo. Empató a los tres minutos del segundo tiempo, al aprovechar un cabezazo de Albiol y un grave error de la defensa del Atlético, que volvió a naufragar en una acción de estrategia.

Llegó poco después la acción más bonita de la noche. Genial pase de Xabi Alonso a Arbeloa, que desnudó a Antonio López y Domínguez, a los que eludió con la facilidad de los grandes extremos para batir después a De Gea con un toque de clase. Genial.

Se animó Higuaín, que avisó primero con un remate al larguero y firmó a continuación el tercero del Madrid. Para ello aprovechó el regalo de la defensa del Atlético. El despeje de Tiago rebotó en Assunçao y cayó en los pies del argentino, que no perdonó y ya suma 23 goles.

El partido se había roto y el Madrid fue llevándolo, paso a paso, al territorio que más le gusta. Con lo que no contaba era con el absurdo penalti de Xabi Alonso, que se vistió de jugador de voleibol para cometer un penalti que transformó Forlán. Encontró ahí el Atlético, agotado físicamente, el aire que ya le faltaba, pero el impulso terminó resultando insuficiente para arañar algún punto. La entrada de Salvio por Simao quedó en una mera anécdota.