Edgard Tijerino
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Tengo casi medio siglo de estar viendo batallar a nuestro fútbol por levantar cabeza en medio de la maleza, y me sentí genuinamente emocionado por el esfuerzo cautivante realizado por la Selección Sub-21 el pasado domingo, en la primera utilidad que ofrece el nuevo estadio, todavía distante de ser terminado.

He pasado una vida lamentando lo pequeño que somos en fútbol, tanto, que metimos al Salón de la Fama de nuestro deporte un juego amistoso, aquel triunfo sobre Estudiantes de La Plata en 1966, como conscientes de que nuestro nivel, impedía pretender alcanzar grandes comportamientos en eventos oficiales frente a rivales exigentes.

En los años 60, nuestro fútbol se veía con ciertas posibilidades frente a los equipos panameños, y se le peleaba a un Honduras, muy diferente al actual. Aquel penal que falló Rudy Sovalbarro en el último instante, evitó lo que hubiera sido un resonante triunfo sobre Honduras en el Norceca de Tegucigalpa en 1968, y más adelante, en 1973, una medalla en los inadvertidos Juegos Centroamericanos, nos alegró mucho.

Estuve en Panamá, en aquel torneo de la UNCAF en el 2003, cuando Nicaragua saltó un poco hacia el futuro ofreciendo demostraciones insospechadas, una de ellas haciendo sudar y sufrir a Costa Rica, y otra llamativa venciendo a la revitalizada selección local. Antes, había impresionado el triunfo del Diriangén sobre el Alajuela tico en un torneo de campeones, y finalmente desembocamos en la clasificación para la Copa de Oro, mostrando suficiente atrevimiento alrededor de las mejores intenciones para funcionar coherentemente.

Belice es un adversario sin tamaño. No lo tiene, de eso estamos claros, pero más allá de sus conocidas limitaciones, nuestro fútbol no ha cultivado antecedentes para ver a cualquier otro equipo por encima del hombro en ninguna categoría, así se llame San Vicente. De hecho, nunca le hemos metido temor a nadie, porque Nicaragua es el país de Centroámerica con menor inversión y más discreta historia en fútbol.

Pero lo visto el domingo sobre la grama artificial del nuevo escenario, otro sueño que parecía imposible, es alentador, porque era el futuro inmediato lo que estaba moviéndose con tanta rapidez, facilidad y entendimiento para fabricar posibilidades de gol, con una producción reducida a dos, por las intervenciones del crecido, inspirado y providencial arquero Frank López, y algunos despejes milagrosos de una defensa agobiada.

La superioridad de esta Sub-21 que dirige el español Enrique Llena, sobre la de Belice, fue algo obvio en todo instante, y aunque contra rivales de mayor envergadura las dificultades van a agigantarse, la mejoría del fútbol pinolero utilizando como referente su propio nivel de competencia, puede observarse en pantalla, más allá de los resultados.

¿Qué quiero decir? Que seguimos distantes de vecinos que invierten en su evolución y se han superado mucho, y que por lo tanto, estaremos en dependencia de algunos resultados casuales, pero, como se demostró en la Copa de Oro, nuestros muchachos ya tienen capacidad para ofrecer un mejor espectáculo, incluso complicando a México, como lo hicieron.