Edgard Tijerino
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Conversando con Miguel Mendoza después de haber multiplicado esfuerzos desplegando una ofensiva constante frente a Erik Morales, el púgil José Alfaro, quedó convencido de algo que había olvidado en largos trayectos durante sus últimos combates, como es atacar sin dar ni pedir tregua, esa arma esencial para poder construir victorias. Raramente, él no regresó a los niveles de agresividad que alcanzó frente a Corley, cuando se proyectó hacia la grandeza.

Después de Singwancha, fue un peleador afectado por las intermitencias, sin terminar de definirse como un fajador. Roberto Durán es un excelente espejo. No para ser como él, considerado sin discusión, el mejor latino de todos los tiempos, sino sobre cóo funciona un fajador que confía en su capacidad para absorber y conoce el poder destructivo de su pegada, colocando la mayor presión posible sobre el rival. Y Alfaro aprendió mucho acerca de eso, aprovechando que el Morales actual, no tiene nada que ver con el boxeador vibrante y peligroso que casi siempre fue.

Ver a “Quiebra Jícara” avanzar contra viento y marea quitándose la sangre de la cara round tras round, pero sin ceder, haciéndose sentir, devolviendo golpe por golpe, empujando la pelea, fue estimulante para cada uno de nosotros. Así peleó siempre Rocky Marciano, sin preocuparse de su integridad física con tal de terminar destrozando al contrincante.

Qué bien debe haberse sentido Alfaro atacando. Ese es el idioma que sabe manejar, con el que mejor se expresa entre las cuerdas, y por eso logró registrar una actuación llamativa contra Morales, que lo regresa a la notoriedad, pese al fallo adverso cargado de injusticia. “Lo mío es atacar siempre, tirar golpes, ir hacia adelante”, le dijo a Alfaro a Miguel Mendoza. Vaya, el despertador sonó a tiempo. Ya veremos que nos puede ofrecer.