Edgard Tijerino
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Nunca voy a olvidar a Juan Antonio Samaranch. Un artículo sobre su sistema operativo que titulé: “Mafia olímpica ratifica jefe”, hizo que la gente de Ordeca me declarara non grato y que el Comité Olímpico Nicaragüense, presidido por Julio Rocha, me llevara a los juzgados. Sin embargo, más allá de todo tipo de discusiones sobre su gestión, sería injusto no reconocerle méritos en varios aspectos, sobre todo cuando tomó la decisión de quitar las máscaras en lo referente al mal aplicado concepto de amateurismo en los viejos Juegos Olímpicos.

Escribí aquella nota, precisamente aquí en EL NUEVO DIARIO, en el momento en que Samaranch, para seguir al mando de ese organismo con tanto poder económico y presencia mundial, tumbó con “olímpica desfachatez” la restricción que impedía aspirar a cargos en el COI con más de 75 años. Fue así cómo Samaranch, con 77, se lanzó en la recta final de los 90 a otra reelección con el beneplácito de la familia olímpica, y la obtuvo, sacándole seguramente algunas lágrimas a Pierre Coubertin en su tumba.

¿Qué era lo raro?.. En el libro de los periodistas ingleses Simson y Jennings, “Señores de los Anillos”, se desnudaba a Samaranch colocando sobre el tapete sus procedimientos: “Él es el jefe del Club, una oligarquía que garantiza a hierro y fuego su estabilidad y controlan los Juegos. Ellos disponen de un presupuesto que les permite viajar por todo el mundo, vivir como reyes y obtener múltiples beneficios, y recibir adulaciones en todos lados”.

Fue Samaranch quien decidió en un alarde de atrevimiento muy bien respaldado, quitar las máscaras del “amateurismo” que permitía a los atletas de pista y campo, pesistas y tantos otros, esconder su profesionalismo por dedicación y contar con soportes económicos muy bien disfrazados, mientras en otros deportes, los mejores del mundo no podían competir.

“¿Qué es eso? Quiero a los mejores en los Juegos”, gritó Samaranch, y aunque no lo consiguió por completo, porque la FIFA se fajó bravamente para evitar que les tocaran a los super-astros, excepto los jovencitos; y porque las Grandes Ligas coincidían con los Olímpicos, en tanto el boxeo permaneció impermeable.

Ahí estaba Samarach en 1992 en primera fila en el Palacio de Badalona, viendo en acción al Dream Team de Jordan, Pippen, Magic, Barkley y resto de la galaxia de la NBA, además de terminar con aquel gran disparate que decía “que solo con exteriorizar la idea de ser profesional, y no se diga usar una camiseta con propaganda, o haber recibido algún apoyo comercial, te convertía en inelegible”, algo que condenó en su momento a ese inmenso atleta que fue Jim Thorpe.

Samaranch dejó abiertos los juegos haciendo crecer el espectáculo y los ingresos. Siempre será recordado en su despacho en el primer piso del viejo Castillo de Vidy en Lausana, diciendo: “Me siento feliz viviendo aquí, porque puedo desarrollar mi vocación y disfrutar la oportunidad de ser útil. No es fácil dirigir esta orquesta”. Sólo le faltó agregar, como dicen algunos políticos por aquí, que eso era un sacrificio.


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