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En la reciente edición de la prestigiada revista The Ring, considerada en los tiempos de Nat Fleischer como “La Biblia del Boxeo”, un panel de 20 expertos, colocó a Floyd Mayweather como favorito para vencer a un veterano todavía rápido, pero bastante carcomido por el desgaste como Shane Mosley, un “Sugar” que no compara con Leonard, y mucho menos con Robinson. La relación entre las opiniones fue 17-3, es decir abrumadora por tratarse de conocedores.

Así que no debería de ser sorprendente la amplia victoria lograda por Mayweather, por largo tiempo instalado en la cima del ranking libra por libra, aunque limitado a sólo un combate en 30 meses. Las diferencias en las tarjetas 119-109 en dos de ellas, y 118-110 en otra, indican que no hubo pelea. Eso fue cierto del tercero al décimo segundo y último round, trayecto durante el cual, difícilmente se registró un round complicado, y fue el octavo, que apunté empate, cuando las primeras señales enviadas por un agitado, crecido y atrevido Mosley, nos hicieron pensar que estábamos frente a la posibilidad de una pelea épica, tipo Leonard-Hearns, capaz de congelar la ley de la gravedad.

En cierta forma, Mosley provocó asombro con su despegue. Se fue adelante tomando el primer asalto con una pequeña, pero perceptible superioridad, y se volcó en el segundo con una brusquedad que erizó a Mayweather, dos veces golpeado por derechazos, uno de ellos “mega”, que por poco lo derriba. No podía Floyd ocultar su aturdimiento, y sólo tuvo lucidez y aliento, para tratar de sobrevivir a como fuera, lográndolo.

¡Qué impresionante fue esa demostración de “Sugar” alterando los nervios de todos los apostadores “a lo seguro”! ¿Y ahora, qué sería de Mayweather frente a ese vértigo de espanto? Inesperadamente, fue Floyd quien se adueñó del tercer asalto, como si nunca hubiera sido golpeado, como si le valiera un pito el nivel de peligro que representaba Mosley con temprana ventaja en las tarjetas, mostrando más velocidad, certeza y contundencia. Para Mayweather, la pelea con un handicap de dos puntos a favor de Mosley, comenzó en el tercer asalto.

A la inversa de Mosley, el talentoso Mayweather utilizó su resurgimiento del tercer round, para seguir manejando los hilos en el cuarto, aún enfrentando dificultades acertó su derecha, tanto en cruzado como en directo, tratando de clavarla en la cabeza de Shane. Avanzando desde el centro del ring, Floyd sacó provecho a sus combinaciones, mientras Mosley se metía en el closet, como arrepentido de estar ahí, expuesto al riesgo debajo de las lámparas.

En ningún momento, Mosley volvió a ser el de los dos primeros asaltos. Al acercarse el final del combate con imágenes repetidas, me preguntaba: ¿quién lo desconectó quitándole todo ese voltaje que parecía tener? Sin chance en las tarjetas, Mosley era como un fantasma sonámbulo, sin saber que hacer entre las cuerdas. Incluso la posibilidad de encajar un golpe sorprendentemente destructivo, fue descartada.

Desde mucho antes del último asalto, todo estaba consumado. Mosley sólo fue capaz de fabricar emociones por un instante, algo insuficiente tratando de someter a un adversario del nivel de Floyd.



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