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A cuatro días de escucharse el pitazo inicial es difícil no tener algunas dudas razonables sobre cómo jugará la Selección Nacional de Fútbol en el primer duelo eliminatorio mundialista ante las Antillas Holandesas en el Estadio Cacique Diriangén, de Diriamba.

La duda que más acapara nuestros sentidos es cómo lograr que un club tenga fluidez a la ofensiva, e incluso, no se pierda en la defensa, sin una media cancha convincente. Y necesita tenerla, si quiere conseguir un triunfo como local el 6 de febrero y llegar mejor parado en el partido de vuelta en Curaçao.

Por eso es comprensible que llegue de último momento Samuel Wilson a la Azul y Blanco, porque no hay otro con sus cualidades entre los convocados. Es un jugador que puede resolver parte del problema en la pobre media cancha que luce nuestra selección y sumarse al ataque con enorme efectividad.

Pero, ¿podrá Wilson mantener el ritmo del resto de sus compañeros sin la preparación adecuada y sin un trabajo de equipo, en un partido que promete un alto voltaje por la características del rival?
El problema es que los técnicos no tienen alternativas y es preferible arriesgar con una opción, a no tener ninguna. Ese cambio de última hora sólo puede traducirse en un acto desesperado.

Sin embargo, un solo jugador no puede resolver todo el problema, y eso puede llevar a otro inconveniente mayor: que el juego en colectivo de los nicas se pierda porque el resto de jugadores no asimile la falta de posesión de balón y la poca fluidez de la pelota por el centro del campo.

La Azul y Blanco necesita tener la pelota para poner el ritmo del juego y, por su puesto, los goles, pero para eso debe contar con un orden impecable con un sistema 4-4-2 y caminar como un equipo siempre.