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Ah, si la vida fuera como el fútbol, las diferencias entre pobres y poderosos se habrían estrechado saludable y humanamente. ¡Qué bueno sería! En fútbol, la actual co-relación de fuerzas hace que el paralelogramo de posibilidades en una Copa del Mundo sea cada día más difícil de descifrar. Hubo un tiempo en que vaticinar las primeras etapas, era tan fácil como bostezar. Siempre, los tiburones devoraban a los pequeños, hasta que un día, Estados Unidos derrotó a Inglaterra en 1950, para mí, todavía la más grande sorpresa de todos los tiempos.

¡Diablos!, Corea del Norte decapitando a Italia en 1966. ¿Cómo pudo ocurrir eso?. “Qué vergüenza”, titularon escandalosamente en Roma, Nápoles, Turín y Milán, mientras el mundo empinado sobre la incredulidad, se buscaba el ombligo en la espalda.

Y los pequeños comenzaron a crecer. Era un gran esfuerzo, como tratar de sujetar un oleaje con las manos. Poco a poco nos fuimos familiarizando con resultados imprevistos, como los triunfos en finales olímpicas de Nigeria y Camerún sobre Argentina y España en 1996 y 2000, la victoria de Senegal sobre el campeón defensor Francia en 2002, el empate 2-2 Honduras-España en 1982, la batalla presentada por Costa Rica a Brasil en 1990, consiguiendo además dos triunfos, el crecimiento de Estados Unidos que pese a su poderío económico había sido siempre un peso mosca, la pérdida de dominio de México en la zona, la pujanza de Paraguay, en fin, intentar hacer vaticinios llegó a convertirse en un atrevimiento “a la brava”.

La época del “todo está escrito” fue engavetada y quedó abierto el espacio para lo apasionante que es lo inesperado. Recientemente, en la Copa Confederaciones, ver caer a la súper-compacta España ante Estados Unidos, fabricó tempestades de asombro, en tanto hace unos días, China vence a Francia y México a Italia, en fase de “afilamiento” para el Mundial. Egipto, el mejor equipo de África, no clasifica.

Ahora todos nos sentimos perdidos en el mundo del acertijo y nos refugiamos mansamente en el cualquier cosa puede pasar. Fijense que no hay favoritos claros para los dos juegos de hoy, aunque los “Bafana-Bafana” se acostaron celebrando la victoria sobre México anticipadamente.

Aquel miedo que provocaba Alemania se ha evaporado, Brasil no es visto como equipo de otra galaxia porque es tan terrenal como los otros, Inglaterra sufre, Italia se ve expuesta a mil inconvenientes, Argentina casi va al repechaje, Uruguay tiene que moverse entre las brasas. En las Copas de hoy, las intrigas golpean en las narices a los cálculos. Nada es frío, nada es cierto.

Los “brujos” han huido. No hay lugar para ellos ahora. Se trata de ir elaborando consideraciones día a día, juego tras juego, metiendo en la licuadora las múltiples variantes. Eso ha engrandecido el espectáculo de un verdadero Mundial, convirtiéndolo cada cuatro años en tan poderosa atracción. Cada partido puede ser el mejor. De pronto aparece Turquía en escena impresionando y metiendo en serios problemas a Brasil. No hay suficientes pares de ojos para controlarlo todo.

Ah, si la vida fuera como el fútbol, las diferencias entre pobres y poderosos se habrían estrechado, no ensanchado.

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