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Ayer pasó por el hotel Holiday Inn, en el que me hospedo, el buen amigo Pedro Álvarez, ingeniero civil y ambiental que reside en Houston y anda por aquí en un trabajo de las Naciones Unidas. “Deja todo y nos vamos a cenar en Sandton, en uno de esos restaurantes que echan humo toda la noche y la madrugada, y ofrecen unos filetes espectaculares”.

Bueno, lo dejé todo, incluso el programa Doble Play de mediodía. Eso sí, pasé comprando unos guantes y un gorro con orejeras, para enfrentar la temperatura de dos grados, y nos fuimos al epicentro de la bulla, donde convergen las gruesas fanaticadas de Brasil, Argentina y México, coexistiendo con otras menores.

En el restaurante Trump Grill, en una de las torres del Hotel Michangelo, Pedro consiguió que junto con el amigo peruano Luna Bustillo, nos colocaran en una de las mesas preferenciales para ver el juego Sudáfrica-Uruguay. Como es obvio, ahí estaban las amenazantes vuvuzelas, calladas sí por el accionar de Diego Forlán y Luis Suárez, y naturalmente las ventas de tapones para los oídos.

Para estar ahí había que sacar un poco de juventud de mi pasado. Por vez primera comí filete de avestruz, casi sin darme cuenta, y ciertamente es una delicia, pero lo importante era la agitación, la expectación sujetada, los ojos desmesuradamente abiertos, los gestos de los sudafricanos, las reacciones de los mejicanos con sus grandes sombreros que parecen embarcaciones, las canciones improvisadas de los argentinos, los bailes de los brasileños y los vasos de cerveza
morena.

La Copa está que arde aquí en Sudáfrica, y ni siquiera una temprana eliminación del equipo local, o una falla global del fútbol africano, hasta ahora discreto en el arranque, haría decrecer el ambiente carnavalesco. Ahí está la alegría de un pueblo proporcionada por el deporte más popular del mundo.

¡Qué alboroto! Como si de pronto, en esta parte del planeta, la preocupación no encontrara sitio dónde parquearse. La fiebre por esta Copa producía la igualdad por tantos soñada, incluido, por supuesto, el súper ejemplar y admirado Nelson Mandela.

¿De dónde son ustedes?, nos preguntan de una mesa cargada de mexicanos. “De Nicaragua”, responde Pedro, y de inmediato escuchamos el ¿qué hacen aquí, sin equipo? Pero la pasión por el fútbol es universal, y un boliviano grita “yo tampoco tengo equipo pero estoy aquí”.

En los hoteles, la gente entra y sale, dependiendo dónde juega su equipo, los sitios para fanáticos comienzan a levantar sus mesas a las cinco de la mañana cuando no queda ni una alita de pollo, Johannesburgo es una ciudad que no duerme porque no tiene tiempo. Parqueos, McDonalds, supermercados, gasolineras, todo está abierto las 24 horas.

¡Qué importa el tiempo! Esa preocupación es para los periodistas pendientes de sus cierres en diferentes países, que no disfrutan la Copa de cuerpo entero. ¡Qué importa el frío si el ambiente está ardiendo!

dplay@ibw.com.ni