•   Pretoria / EFE  |
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Francia se ha convertido en el protagonista del vodevil del Mundial de Sudáfrica, una comedia que vivió ayer un nuevo capítulo cuando los jugadores se negaron a entrenarse en solidaridad con su compañero Nicolas Anelka, expulsado la víspera por haber insultado al seleccionador, Raymond Domenech.

La imagen es tan patética, que el propio presidente del país, Nicolas Sarkozy, ha intervenido de forma indirecta para llamar al orden a un equipo y a un cuerpo técnico, a pocas horas de disputar su último partido de la primera fase en el que tienen escasas opciones de clasificación para octavos.

El jefe del Estado telefoneó a la ministra de Sanidad y Deportes, Roselyne Bachelot, presente en Sudáfrica, para que llame al orden a toda la selección.

En cumplimiento de la orden del presidente, la ministra prolongó su estancia en Sudáfrica y convocó para mañana una cumbre con el capitán, Patrice Evra, el seleccionador y el presidente de la Federación, Jean-Pierre Escalettes, para reconducir la situación.

La intervención de Sarkozy pretende poner orden en el desbarajuste francés en Knysna, lugar de concentración francés, que se ha convertido en un circo. El cúmulo de despropósitos ha hecho que muchos comparen la situación que atraviesa Francia con la que hace cuatro años protagonizó Togo, un sainete entre los jugadores, el técnico y la federación con el telón de fondo del cobro de las primas.

En Francia no hay problemas económicos, al contrario, los jugadores tienen las primas aseguradas, pero la imagen no es menos negativa. El equipo ha descarrilado dentro y fuera del campo y el cuerpo técnico se ve incapaz de reconducir la situación.

El ambiente está tan enrarecido, que Frank Ribéry se permitió colarse en un programa de televisión emitido en directo desde el hotel de concentración para pedir disculpas a los franceses por la mala imagen que ha dejado el equipo.

“Todo el mundo se cachondea de nosotros”, dijo el jugador del Bayern, que reconoció que no han “mojado la camiseta” suficiente ni estado a la altura de las circunstancias.

Visiblemente emocionado, al borde de las lágrimas, Ribéry cargó contra las mentiras de la prensa y defendió a su compañero Anelka. El centrocampista también atacó de forma ostensible al “traidor” que filtró a la prensa los secretos del vestuario.

El sainete siguió por la tarde, cuando los “bleus” tenían programado un entrenamiento vespertino abierto al público. Ante centenares de personas, el capitán del equipo, Patrice Evra, se encaró con el preparador físico Robert Duverne. Domenech se vio obligado a separarlos, pero entonces los jugadores se retiraron del campo y se negaron a entrenarse. Boquiabiertos, los periodistas pidieron explicaciones y éstas llegaron en forma de una carta de los jugadores leída por Domenech ante un grupo de informadores que se apelotonó en el campo de entrenamiento.

En ella, los “bleus” explicaron que su rechazo a ejercitarse era un gesto puntual en solidaridad con Anelka, que a esas horas ya andaba por Europa lejos del escándalo que dejó a su paso.

Mientras, comenzó a correr el rumor de que los jugadores habían encontrado al famoso “traidor”, el preparador físico Duverne, un hombre de la entera confianza de Domenech. Pero Evra emitió un enésimo comunicado en el que desmintió que fuera el preparador quien había filtrado las informaciones a la prensa.

En el camino, la comedia mutó en vodevil cuando el delegado federativo, Jean-Louis Valentin, anunció, abochornado por el espectáculo y entre lágrimas, que dejaba la concentración y hacía las maletas con rumbo a París para presentar su dimisión.