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Los colegas Lorenzo Lurrieli, de Italia, que habla muy bien el español, Iván Pérez de México e Ignacio Tylko de España, me preguntan en la Sala de Prensa del SoccerCity ¿cómo me interesé por el fútbol si en Nicaragua se juega poco y la preferencia es por el béisbol y el boxeo?
Siendo mayor que los tres, antes de responderles les hago una pregunta cuya respuesta conocía: ¿dónde estaban ustedes en 1958? Obviamente, ninguno había nacido, pues sus edades oscilan entre 40 y 50 años. La culpa la tuvo el tal Pelé, les explico.

En 1958, en mis primeros años de secundaria, con el furor por el béisbol profesional en pleno crecimiento en el terruño, pendientes de los Yanquis de Mickey Mantle en las Grandes Ligas, siguiendo las huellas de los boxeadores caseros que provocaban repercusión, me sentí impactado por el fenomenal chavalo brasileño de apenas 17 años –yo tenía 14- que se había convertido en figura cumbre de la Copa del Mundo realizada en Suecia, con suficiente difusión en Nicaragua, sobre todo, por los medios escritos.

Yo acostumbraba comprar donde Ramiro Ramírez, creo que en la Avenida Bolívar, las revistas Gol, y Gol de Chile y Deporte Ilustrado de México. Leí todo lo que se escribió sobre Pelé en ese Mundial, y cuatro años después me dolió que quedara fuera de la Copa realizada en Chile, ganada también por Brasil.

En 1966, yo estaba muy enterado de los equipos que estarían en Inglaterra. Me identificaba con Brasil también por culpa de Pelé, y fue para mí un drama aquella eliminación con las derrotas frente a Hungría y Portugal, y Pelé brutalmente agredido. Ya me encontraba en la universidad tratando de estudiar Ingeniería pese a no tener suficiente ingenio, y esperé por el Mundial de México.

Por una de esas casualidades de la vida, en aquel 1970 había aterrizado en la Redacción del diario La Prensa que dirigían Pedro Joaquín, Pablo Antonio, y Danilo Aguirre con Agustín Fuentes, me encargaron un trabajo previo al Mundial Azteca.

Joven todavía, con 26 años, me atreví “a jugar” el Mundial un mes antes en una página completa del periódico, haciendo consideraciones sobre cómo iba a moverse cada equipo en los cuatro grupos (eran 16 en esos tiempos), hasta llegar a la probable final Italia-Brasil, que ocurrió, con la falla de que yo tenía ganando a Italia la Copa.

En ese Mundial vi lo más grandioso de Pelé, sobre todo en tres jugadas que no terminaron en goles, el cabezazo contra Inglaterra, el tiro lejísimo contra Checoslovaquia, y el cruce hecho a Mazurkiewickz frente a Uruguay, su mayor genialidad.

Lo vi jugar tres veces, en El Salvador y en San José de Costa Rica donde lo entrevisté en el Hotel Royal Dutch, con la participación de otro periodista nicaragüense, Oscar Montalván, y en 1977 en Nueva York, cuando se retiró, al día siguiente de la pelea Alí-Shavers.

Así que quedaron claros que me sentí atraído hacia el fútbol, por culpa del tal Pelé.