• JOHANNESBURGO |
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La jactancia te mantiene comprometido con la grandeza. Eso lo sabe muy bien Cristiano Ronaldo dueño de un ego tan gigantesco como la Esfinge. En el dramático momento de la eliminación de Portugal en esta Copa del Mundo, Cristiano estaba destrozado por fuera y por dentro, decepcionado por su falta de trascendencia en el evento deportivo más impactante, con todas las miradas siguiendo sus pasos, esperando verlo trazar huellas imperecederas.

No, no pudo ser. El formidable portugués volvió a “pasar de noche” en un Mundial. En 2006, a lo largo de 5 juegos, sólo anotó un gol, y fue de penal contra Irán, sin ser desequilibrante; y ahora en 4 juegos, logró otro en medio del aturdimiento de un equipo de Corea del Norte, brutalmente acribillado con siete goles. Cristiano se vio muy poco contra Brasil, y casi nada en la batalla con España.

“Esta va a ser mi Copa”, dijo con una arrogante seguridad al desembarcar en Sudáfrica, lanzándose a sí mismo un reto de mayúscula exigencia, y al mismo tiempo, un ruidoso grito de advertencia a Messi, Xavi, Rooney, Kaká, Schweinsteiger, Drogba, Eto´o y resto de figuras cumbres que planeaban lo mismo, pero preferían permanecer en silencio ocultando sus pretensiones.

No fue tan conmovedor como ver a Muhammad Alí en la lona, junto a los pies de Joe Frazier, aquella noche de marzo de 1971, en la verdadera pelea del siglo XX, pero resultaba estrujante, observar como un futbolista de tan exuberantes facultades, no pudo hacer explosión por falta de la complicidad requerida, esa que fue abundante en el Manchester United y la es en el Real Madrid.

Cuando Cristiano le grita al planeta que no lo pierdan de vista porque viene a deslumbrar, sabe quiénes van a rodearlo, y obviamente, confía en contar con lo suficiente. No fue así, Portugal sólo fue demoledor contra una asustada Corea del Norte, pero se vio trabado ante Costa de Marfil y Brasil, y se quedó sin balón la mayor parte del tiempo frente a España.

Víctima del aislamiento, fue muy individualista cuando recibió balones en gestiones de proyección, y buscó con desesperación tiros largos, o adueñarse del cobro de los libres. Dos de sus disparos fueron devueltos por travesaño y poste, y por mucho esfuerzo que desplegó, no pudo “rimar” adecuadamente.

Su incomodidad no tenía medida. Contestó despectivamente cuando le hicieron una pregunta sobre la actuación de Portugal, al decir “hablen con Queiroz”, y dirigió un salivazo hacia la cámara de un periodista.

Es terrible naufragar cuando se es depositario de tantas expectativas. Ocurrió con Maradona en el Mundial de 1982 realizado en España, hasta el punto de terminar siendo expulsado con su equipo eliminado.

Con su ego mordido, pero joven todavía, Cristiano Ronaldo tiene tiempo para impresionar en una Copa del Mundo. Por ahora, necesita volver a agigantarse con el Real Madrid, y seguir mostrándonos su grandeza, que nunca ha estado en entredicho.