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García Márquez diría: Muchos años después, continuando frente al “pelotón de fusilamiento” que el periodismo y el fanatismo brasileño levanta a los jugadores de fútbol que no regresan a casa con la Copa del Mundo, el arquero Julio César y el centrocampista Felipe Melo estarían recordando cómo se enredaron en Sudáfrica 2010, para la fabricación de un autogol sobre centro de Sneijder, que le facilitó a Holanda enderezar un juego y terminar ganándoselo a Brasil, decapitando sus pretensiones.

En Brasil, desde siempre, se practica un fanatismo insoportable. Decía Barboza, el arquero del “Maracanazo”, que en Brasil la pena máxima es de 40 años, y que a él nunca lo indultaron por haber estado en la cabaña, en aquella derrota por 2-1 en 1950.

Como hace cuatro años, con el gol de Henry apareciendo como un fantasma por la derecha, Brasil volvió a quedar fuera en los cuartos de final, cayendo ahora por 2-1 frente a Holanda, equipo no deslumbrante, pero sí ordenado, firme, efectivo, y con dos jugadores desequilibrantes como Sneijder y Robben.

Para los brasileños se trata de ganar la Copa o nada. Hemos sido simpatizantes del fútbol brasileño por su destreza, imaginación, improvisación y mayor cantidad de resultados, pero nos incomoda ver cómo reaccionan, casi condenando a muerte a quienes no obtienen el máximo logro, como es la Copa.

Brasil es el único equipo con cinco títulos en estos torneos, el único que ha estado en todos desde 1930, es ganador de la Copa América, la Copa Confederaciones y la zona clasificatoria suramericana, y seguía instalado en la cima del ranking de la FIFA. ¡Qué importa todo eso si no se gana la Copa del Mundo!.

Olvidan los brasileños que esperaron 24 años desde 1970, para volver al trono. Es cierto que cuando sos Brasil, se te considera candidato en cualquier torneo, pero en medio de las terribles dificultades que plantea el nuevo paralelogramo de fuerzas en el fútbol mundial, nada es seguro, ni que Italia le gane a Nueva Zelanda.

Por vez primera en 97 partidos de Copa del Mundo, Brasil recibe un gol en contra, aunque finalmente adjudicado a Sneijder, más allá de la responsabilidad obvia de Julio César y Felipe Melo; por vez primera, Brasil pierde un juego, después de llegar al descanso en ventaja; y por tercera vez, cuando ha abierto el marcador.

El estilo de Dunga, con el juego bonito metido en el ropero a cambio de producir resultados con un futbol más práctico y acorde con las nuevas exigencias, fue severamente cuestionado hasta por Pelé, pero de haber conquistado la Copa después de dos años de no perder, seguramente hubiera sido pontificado.

Ahora todos sabemos que Ronaldinho y Pato hubieran sido útiles, y que tantos centrocampistas no eran necesarios. Tiene sentido criticar los cambios que no buscaron más ofensiva cuando estás perdiendo y necesitas voltear. Pero Brasil no es invencible, no lo fue ni con Pelé en 1966, y eso tenemos que entenderlo en medio del aprecio que a ese equipo le tenemos tantos en el planeta.


dplay@ibw.com.ni