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Perteneció a la generación de peloteros pulidos por Tony Castaño, que engrandecieron en la década de los años 70, el béisbol nacional, terrible devaluado entre los mundiales de 1961 a 1970. Los que podemos jactarnos de decir “lo vi en acción”, con una inmensa satisfacción, nunca lo olvidaremos. Vicente López, un fiero “enmascarado” detrás del plato, dueño de una escopeta mortífera y un bate temido, falleció ayer en San Isidro.

No hay forma de sacar out al cáncer cuando ya ha tomado mucho terreno entre primera y segunda. Aunque disparó, con esa terquedad que siempre lo caracterizó, Vicente estaba claro de eso, pero fiel a su actitud inclaudicable, no se resignó.

Recuerdo la primera discusión alrededor de su nombre. Precisamente cuando me iniciaba como cronista deportivo, y él era sólo el receptor del débil equipo Managua.

¿Vale la pena incluir en la Selección a Vicente López? Por favor, créanlo. Esa era una de las grandes interrogantes mientras se organizaba la Selección Nacional que viajaría al Mundial de Colombia en 1970. La escogencia directa como catcher del equipo pinolero, parecía ser Chester Davis del Flor de Caña, no un tigre detrás del plato y tampoco dueño de un gran rifle, pero sí lo suficientemente agresivo con el madero, como para ser el titular.

“Me gusta Vicente”, dijo Carlos García, más allá de las discretas cifras que cobijaban las pretensiones del catcher, limitado a 218 puntos en 133 turnos.

“El es el mejor catcher defensivo que tenemos”, agregó Carlos. Y Vicente fue como titular, respaldado por Noel López, del Rivas.

En los mundiales de 1971 y 72, Vicente López creció espectacularmente en todos los aspectos del juego y sepultó a los retadores. Tony Castaño llegó a expresar con un atrevimiento que a pocos se les permitía, “me pueden hablar de Lázaro Pérez, Ruperto Cooper o Samuel Reynoso, pero me quedo con Vicente”.

Cuando Vicente le jonroneó a José Antonio Huelga en el histórico juego que Nicaragua le ganó a Cuba 2 por 0, con el Estadio Nacional alcanzando su máximo punto de agitación, lo vimos más grande que nunca. En ese torneo logró un promedio de 350, impulsó 7 carreras, y disparó tres dobles con un jonrón. La pregunta sobre la posición más difícil, laboriosa y peligrosa del béisbol, tiene una respuesta rápida y precisa: la receptoría…Fue Bill Dickey, uno de los grandes de todos los tiempos en la posición, quien dijo: “un tipo vivo no puede escoger ser catcher, porque demanda mucho sacrificio” en tanto Ray Fosse, lesionado por Pete Rose en el Juego de Estrellas de 1970, llamó a la tarea detrás del plato, “una cámara de torturas”, porque en cada momento estás expuesto a todos los riesgos.

Vicente López fue un catcher con la suficiente bravura y la necesaria destreza, agregando un poderoso brazo con la rapidez y precisión requeridas, para provocar polvaredas de admiración.

En 1978, durante la más ofensiva campaña que por aquí hemos visto, Vicente registró el impresionante porcentaje de 437 puntos, con 145 hits, 34 jonrones y 91 carreras impulsadas, más su decisivo aporte como el catcher más catcher que siempre fue.

En 1979, en su oficina del Estadio Bobby Maduro en Miami, el Dueño y Gerente del equipo “Amigos”, Joe Ryan, firmó tres ofertas, una para Porfirio Altamirano, otra para Ernesto López, y la de Vicente, apuntando: “Me interesa mucho el catcher. Ese es un puesto afectado por la escasez de valores”.

Pero Vicente, quien estaba tratando de resolver algunos problemas personales, dijo “no”, y se quedó en casa, pese a disponer del armamento necesario para proyectarse en ese nivel de exigencia de esa Liga Interamericana, la misma en la que crecieron Porfirio y Albert Williams.

Así que, su escogencia para ingresar al galope al Salón de la Fama del deporte pinolero, fue sólo asunto de tiempo. Desde que se inventó el proyecto, su placa estuvo lista para el momento que finalmente vivió, ese Estadio cuyas tribunas hizo rugir constantemente, atacando y defendiendo.

¡Diablos!... ¿Cuándo tendremos otro como él?

dplay@ibw.com.ni