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Las nuevas generaciones de escuchas del béisbol, no conocen a René “El Chelito” Cárdenas, pero quienes estuvimos pendientes de sus amenas y precisas descripciones en una época en que las voces de Sucre Frech, José “El Fat” García, Evelio Areas Mendoza, José Castillo Osejo, Rafael “El Dinámico” Rubí, y las de otros, competían por la preferencia en el dial, lo recordamos con aprecio, agradeciéndole su esfuerzo mientras crecía y se desarrollaba, hasta llegar a convertirse en un pionero de las transmisiones en español de Grandes Ligas, casi, casi, cuando el mundo era en blanco y negro, y las teorías de Copérnico estaban sometidas a discusión.

No pretendo decir que René, igual que yo, está viejo, porque eso es obvio, sino que puede jactarse de haber vivido en otro mundo, cuando el respeto por el otro era sagrado, cuando la familia era lo esencial, cuando la sociedad no estaba tan carcomida y contaminada, cuando el orgullo de superarse por encima de todos los factores adversos era el gran estímulo que nos impulsaba hacia el futuro.

Consideren que René con sus ideas, esfuerzos, pretensiones, y su inseparable y ejemplar esposa Jilma, aterrizó en el campamento de los Dodgers en 1958, antes que lo hiciera el brillante ecuatoriano y miembro del Salón de la Fama, Jaime Jarrín.

René, que se vinculó con los Rangers de Texas y los Astros de Houston, organización a la que todavía le trabaja, y que compartió cabina en Los Ángeles con Tito Rondón, ha sido incluido nuevamente entre los hombres de prensa, radio y TV, aspirantes al “Premio Ford Frick”, que te garantiza un sitio en el Salón de la Fama. Un sueño, al cual René ha permanecido largamente aferrado, igual que lo ha hecho con la posibilidad de recuperar su casa de la carretera a Masaya, que en el inicio de los 80, en un acto injusto se la confiscaron.

Fue algo que lo golpeó tanto, que advirtió -y lo ha cumplido- no volvería a éste país hasta que se la devolvieran. “Me la robaron” me dijo con amargura, una mañana del mes de agosto de 1984 en el palco de Prensa de los Dodgers, antes de los Juegos Olímpicos.

Ciego de ensueño, loco de armonía, como diría el poeta, René tiene días de no dormir pendiente del respaldo que por Internet le ofrecen las legiones de latinos que están claros de su significado, y quienes pueden valorar su esfuerzo realizado por tan largos años.

Confucio, que nunca se levantó bruscamente estremecido por un batazo, opinaría que “El Chelito” se lo merece, porque es algo que se ha ganado a pulso.

A su edad, con la experiencia acumulada y las vivencias atravesadas, René debería controlar sus emociones, pero no hay manera, lo atrapan, como aquella pelota fildeada por Willie Mays en 1954 sobre el estacazo de Vic Wertz.

Un nica en el Salón de la Fama. ¿Se imaginan eso? Un auténtico timbre de orgullo para todos aquí en el terruño. Quizás, si lo logra, pueda olvidarse por unas horas de la injusticia cometida al despojarlo de su casa y pueda regresar para que lo festejemos como se debe.


Con doña Jilma, por supuesto.


dplay@ibw.com.ni