•  |
  •  |
  • END

Lo siento “Finito”, no hay forma de escapar a la persecución. Ahí está el recuerdo de Rosendo Álvarez pisando siempre tus talones, como el inspector Javert detrás de Jean Valjean en Los Miserables, la extraordinaria novela del francés Víctor Hugo, que vale la pena leer varias veces.

Las dos electrizantes peleas entre ellos, discutido empate en México y victoria épica del azteca en Las Vegas, se realizaron en 1998, pero para Ricardo, el tiempo no ha pasado. Cada vez que lo entrevistan, que lo encuentran en la calle, o en la barbería, le preguntan por Rosendo.

¡Diablos!, debe gritar a pulmón abierto el más grande campeón que hemos visto en las categorías pequeñas, ¡Por favor, no me hablen más de Rosendo! Pero es inevitable. El recuerdo del nica lo perseguirá por siempre. Esa caída, única en su fulgurante trayectoria de astro sin eclipse, y esos furiosos cambios de golpes en una revancha más humeante que Roma incendiada en tiempos de Nerón, que trasformaron la “topografía” de su rostro, no pueden borrarse.

¡Qué peleas más estrujantes! En la primera, la Arena México enmudeció cuando el azteca fue tumbado estrepitosamente. De inmediato ese inconfundible “olor a nocaut” se extendió por las tribunas, pero “Finito” en un alarde de coraje y recuperación, consiguió la claridad mental y el vigor muscular para congelar el momento y evitar que Rosendo pudiera rematarlo. Cuando por el corte sufrido por López en choque de cabezas, suspende el combate después de 7 asaltos, se decretó empate, aunque a juicio de la inmensa mayoría, Rosendo debió haber sido declarado vencedor.

Meses después, en la revancha también unificadora, Rosendo perdió su cinturón de las 105 libras en la báscula y después quedó exprimido el propio día del combate. Creímos que no podría ofrecer mucho, pero nos equivocamos. La pelea se convirtió en un infierno de punta a punta. Ganó “Finito” pero terminó como si fuera el único sobreviviente de un feroz bombardeo.

Como fanático del boxeo, apasionado por su arte, atrapado por su violencia, impresionado por su derroche de coraje, pienso que peleadores como el “Finito” no deberían acabarse. Pero el paso del tiempo es implacable, el desgaste no perdona, el espíritu de sacrificio se desvanece, y finalmente, la vocación se deteriora. No era fácil para él continuar cabalgando y disparando sus certeros y potentes golpes directos entre las cuerdas cuando tienes 17 años de ajetreo, cuando has realizado 52 peleas sin perder, cuando tienes más de 11 años en el trono, cuando te jactas de haber sobrevivido a 24 defensas en dos categorías diferentes, y cuando con excepción de una tercera corona, no tienes nada más que desear acercándote en aquel momento a los 36 años.

“Finito” fue siempre impresionante. Por su récord invicto, por su dominio y sus dos coronas, porque era un estupendo peleador poseedor de un estilo que no desperdiciaba un solo golpe, porque podía ser espectacular y capaz de demoler, porque fue mortífero utilizando los ganchos al cuerpo para terminar con el aire y las piernas de sus rivales, porque lució siempre con un corazón gigantesco.

Pero no ha podido escapar a la persecución de Rosendo.


dplay@ibw.com.ni