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Escarbando cuidadosamente entre los escombros del boxeo actual, Don King descubre a Michael Walker, un púgil de 32 años todavía sin algo para recordar, derrotado cuatro veces consecutivas en sus últimas peleas por fulano, sutano, mengano y perencejo. Al verlo, King lleva una de sus manos a la barbilla, agranda sus cejas, frunce el ceño y piensa: Hey, precisamente éste es el tipo de adversario para intentar una reconstrucción de Ricardo Mayorga. Obviamente, el promotor-manejador está consciente que el pinolero, con más de dos años de inactividad, es por ahora un “Matador” empequeñecido.

Incluso como agitador verbal, Mayorga no provoca el interés de antes, y mucho menos, revoluciona. Sin embargo, King está apostando a un resurgimiento que podría ser calificado como milagroso, si es adecuadamente manejado en medio de las tinieblas que cubren los cuadriláteros en estos momentos, y que impiden una visión clara de presente y futuro.

Aunque desgastado, desconectado y reducido como amenaza, una pieza que interesa en el tablero cada vez más despoblado de King, es Mayorga, que proporcionó grandes ingresos. Así que aunque Walker difícilmente dejará de ser cualquier cosa de vencer a Mayorga, su real utilidad, es facilitar revalorar a Ricardo.

“Quiero regresar a Nicaragua como un vencedor. Tengo años de no respirar el aire de mi país. Voy a pagar lo que debo y re-instalarme. Es lo que más deseo”, dijo Mayorga en un lapsus de humildad a Miguel Mendoza ayer en Doble Play. No se puede dudar de eso. Mayorga sólo puede vivir del boxeo, y debe estar desesperado por regresar a casa, independientemente de tener que resolver múltiples dificultades.

El público se sintió atraído hacia aquel Mayorga rebelde, irreverente, cáustico, que entraba a una conferencia de prensa con un cigarro en una mano y una cerveza en la otra, gritando con un atrevimiento sin control, tratando de abrumar a los rivales. Se esforzaba en ser visto como un peleador implacable, próximo a lo salvaje, apoyándose en una resistencia fuera de serie y capaz de caminar descalzo sobre las brasas, frente a las puertas del infierno. No es fácil promocionar un combate entre “lo que queda” de aquel explosivo Mayorga y este Michael Walker sin el menor significado. Consideren que Fernando Vargas, Oscar de la Hoya y “Tito” Trinidad, tres de los últimos cuatro adversarios de Mayorga, se han retirado, y que los más de dos años sin pelear del nicaragüense, impiden ensayar una valoración sobre lo que puede ofrecer lo mínimamente seria.

Incluso para King, en otros tiempos capaz de “organizar” un torbellino dentro de una botella, resulta complicado motivar al público, porque no dispone de los ingredientes necesarios, excepto, los antecedentes de Mayorga, ahora con barba y con canas.

Para nosotros, afectados por la escasez de valores en nuestro deporte, y ansiosos por recorrer la carretera de lo emocional, la reaparición de Mayorga entre las sogas mañana en Miami, si tiene significado, y por supuesto nos interesa que gane, no importa si espectacularmente o no. Sólo buscamos como captar alguna señal de resurgimiento de ese “Matador”, visto ahora como empequeñecido a los 37 años.


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