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Madrid

Leo Messi lo ha vuelto a hacer. Es un artista con el balón en los pies empeñado en imitar algunas de las grandes obras de la historia del fútbol. En Celtic Park, añadió otro gol a su colección de réplicas. Minuto 78 y empate a dos en el marcador, un buen resultado para la vuelta en el Camp Nou. Insuficiente para Messi, que tenía preparada una genialidad de propina. El argentino echó una moneda a la máquina del tiempo con un amago para dejar pasar a Naylor y marcar el definitivo 3-2.

El calco de Messi nos retrotrae a noviembre de 1953. Hungría profanaba Wembley con un 3-6 que abría las puertas de la historia a Kocsis, Hidegkuti, Czibor y, sobre todo, a Puskas. El cuadro magiar derrotó por primera vez a Inglaterra en su templo sagrado y Puskas dejó un regalo para el recuerdo. En una acción similar a la de Messi, aunque de mayor belleza y factura técnica, provocó el descarrilamiento de Billy Wright junto a la línea de fondo tras pisar el balón. Puskas deseó buen viaje al defensa inglés y marcó con un trallazo para no estropear la jugada.

Pese a que aprendió a jugar en la calle, Messi parece un alumno aventajado de la facultad de historia del fútbol. Su asignatura preferida siempre ha sido Maradona, dios en Argentina y maestro en la escuela de genios. Nadie ha sido capaz de imitar con tanta similitud los dos goles más famosos del astro argentino, la mano de Dios y el eslalom extraterrestre ante Inglaterra en el Mundial de México'86. Messi actuó de Maradona en dos actos distintos.

Primero ante el Getafe, ejerciendo de cerrajero en un laberinto de camisetas verdes, y después ante el Español, con un gol ilegal con la mano que casi vale una Liga. No siempre las imitaciones son sinónimo de fraude. Es el caso de Messi.