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Con mi futuro como cronista cada vez más recortado por el paso del tiempo después de 41 años de ajetreo y 67 de edad, la experiencia vivida en la Copa del Mundo realizada en Sudáfrica forma parte de mis recuerdos imperecederos, no sólo por lo reciente, sino por lo trascendente en mi formación periodística y las emociones por las que atravesé día tras día retando un frío congelante en Johannesburgo, una ciudad tan peligrosa como cualquier callejón del Bronx en horas de la madrugada.

Las eliminaciones de las dos grandes posibilidades suramericanas, Brasil y Argentina frente a Holanda y Alemania, la primera con hotel cancelado y la otra con vuelo reservado, en una preventiva actitud previa muy publicitada, fueron como un par de puñaladas a nuestro optimismo, que hasta ese momento era incontrolable
El poderío alemán, impactando desde el propio inicio del juego con el gol de Müeller, empujó contra las cuerdas la creatividad, inspiración y voluntad de Argentina, y durante los últimos 23 minutos, desplegando una furia implacable, fabricó una goleada impensable agregando dos estocadas de Klose y otra de Fiedrich, sacando de la Copa a la tropa de Maradona con todo y Lionel Messi.

El 4-0 tan insospechable como tenebroso, hizo sudar nuestros huesos, arrugando corazones. Lo visto en el cierre de juego, con Alemania impetuosa desarticulando de diferentes formas la defensa argentina, acribillando al arquero Romero, parecía ser producto de una pesadilla. Cualquier esfuerzo que hiciéramos por resistirnos a creer lo ocurrido, rebotaba contra la drástica realidad.

¿Y qué decir de la muerte de Brasil después de un primer tiempo tan favorable que la ventaja por 1-0, en permanente amenaza de crecimiento, parecía ser irreversible con Holanda trabada?
¡Qué aullido provocó en la Sala de Prensa del SoccerCity, llena a reventar, el gol de cabeza de Sneijder a los 68 minutos! Fue un aullido dramático, como puede ocurrir al recibir una cuchillada. Todos nos quedamos viendo mientras salía humo de los 60 televisores disponibles. Un aviso de lo inevitable que era el fin del mundo para Brasil en esta Copa.

Holanda estaba adelante 2-1, después de la falla combinada de Julio César y Felipe Melo, que fabricó un autogol al minuto 54, empatando el juego. No pueden imaginarse la tensión entre más de 600 periodistas, con boleto para el juego Uruguay-Ghana, cuando se trata de ver a Brasil presionado con la vida en juego.

Robben acarició la pelota mientras la acomodaba para cobrar el corner desde la derecha, con la multitud enmudecida en Puerto Elizabeth. Realizó la ejecución que Kuyt, haciendo valer su estatura delante de Luis Fabiano, peinó hacia atrás dibujando una comba de corto trazado, para que la cabeza de Sneijder realizara un enderezamiento violento y preciso paralizando a Julio César. Fue el gol de la muerte.

En ese momento, Brasil, como Santiago Nassar en el relato de García Márquez, tomó dos aspirinas y fue al encuentro de un destino, sellado por la falla de Julio César y Felipe Melo, el remate que Juan no pudo embocar en el primer tiempo, y ese gran disparo de Kaká que Stekelensburg sacó con las uñas en un alarde de elasticidad.