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Para que existiera el programa Doble Play fue necesario que me quitaran de la Dirección del Instituto de Deportes en aquel cierre de 1980, cuando la ayuda se obtenía a mordiscos, y mi carro era el vehículo oficial de ese organismo. Cuando me solicitaron la renuncia por mi forma de proceder -casi siempre rebelde a “orientaciones” no acertadas, por evidente falta de conocimiento de quienes las hacían sobre el tema deportivo-, para hacerla efectiva un mes después, algo que no permití realizándola de inmediato, me llamó Carlos Guadamuz para proponerme fabricar un programa radial “con mi estilo” en La Voz de Nicaragua, emisora que él dirigía.

“Tenemos que hacer un programa diferente, así que dejo en tus manos el proyecto”, me dijo Guadamuz -quién fue lamentable y escalofriantemente asesinado muchos años después- un viejo amigo desde los tiempos en que éramos estudiantes de Secundaria, confiando en mi experiencia de diez años.

El programa fue “planificado” como un alboroto, sin pies ni cabeza, sin saber cómo se iniciaría y cómo terminaría cada día en dos audiciones de una hora cada uno, como permanece hasta hoy en La Primerísima, con una terquedad llamativa. Nada que ver con el programa ordenado de Radio Corporación jefeado en ese entonces por Sucre Frech con el estupendo soporte de Julio “El Porteño” Jarquín, Carlos Reyes y Lucho Ortega.

Mi escogencia como compañero de ese programa algo loco, que incluiría temas cotidianos, problemas sociales, costos del mercado, telenovelas y política y por supuesto defensa de la revolución, cuando se pensaba valía la pena hacerlo, fue Enrique Armas, un dinámico chavalo con quien trabajé desde 1977 llevándolo a La Prensa.

La combinación, puesta en funcionamiento el 2 de enero de 1981, resultó exitosa y logró establecerse rápidamente por su amenidad, cambios de velocidad, información sobre el béisbol casero y de Grandes Ligas y el boxeo…Más adelante, cuando Enrique decidió acertadamente que había llegado el momento de elaborar su propio proyecto, el programa continuó con diferentes compañeros, entre ellos, Agustín Cedeño, Edgard Rodríguez, Martín Ruiz, Pablo Fletes, Moisés Ávalos y muchos más, hasta desembocar en René Pineda y Miguel Mendoza, dos formidables amigos-compañeros que han logrado imprimirle también sus sellos particulares, y por quienes siento un mayúsculo agradecimiento.

Treinta años haciendo ruido cada semana de lunes a sábado, es algo. Obviamente yo he envejecido. Perdí el cabello pero no las ideas y todavía, mientras cojeo a los 67 años, me queda algo de creatividad. Y cuando flaqueo, René y Miguel se apuntan siempre juegos salvados como si fueran Fingers y Goosage.

Un programa siempre presente en Semana Santa, Fiestas Patrias y días feriados, Doble Play se convirtió en parte de muchas familias, y lo que más me impresiona no es ganar una exclusiva –tarea de Miguel- o entregar un análisis brillante –misión de René-, sino encontrarme con gente que sacó provecho a consejos brindados insolicitadamente y puntos de vista sobre como poder construir un país mejor.

Ser ameno, no aburrir al oyente, ser útil en todos los aspectos no sólo en lo deportivo, abrir polémicas, permitir las opiniones de todos, ayudar a batallar por corregirnos, combatir el servilismo, seguirá siendo la forma de Doble Play. Pueden ponerle sello.