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¿Continúan ustedes buscando la lógica entre las cenizas de esta Serie Final que atrapó al país como en los viejos tiempos, cuando los fanáticos utilizaban el ferrocarril para trasladarse junto con su entusiasmo y las cervezas no tenían nombre?


 Por favor, no sigan en ese ejercicio tan inútil, como buscar dónde se ha escondido la verdadera democracia en este país, porque lo que vimos y disfrutamos fue una serie de contrastes, lo cual la hizo más excitante. El béisbol no entiende de lógica, ni de matemáticas. Aristóteles y Pitágoras no funcionan en este deporte tan imprevisible.


Chinandega, más allá de su bajón de voltaje en el cierre, había dominado claramente al Bóer durante la temporada por aire, mar y tierra; lo grueso de su bateo se extendía hasta la parte de atrás; su pitcheo estaba lo suficientemente afilado y descansado; y jugaría cuatro veces en casa. Pero el Bóer tenía el momento en sus puños, bien apretado. La tropa de Noel estaba en pie de guerra, humeante, polvorienta y hambrienta. Eso impedía un vaticinio claro.

PRIMER GOLPE
Desde chavalos, cuando cambiar golpes en las calles era un deporte muy popular que alteraba a nuestros padres, quienes seguramente, en una época de mayor rudeza también lo hicieron, se hablaba de la importancia de pegar el primer golpe. Eso, además de provocar satisfacción, fabricaba un crecimiento instantáneo, aunque después se desvaneciera.


Y el Chinandega lo hizo imponiéndose 7-6, sacándole provecho a un error arbitral que “amputó” el impulso de los indios quitándoles una carrera mientras intentaban enviar señales de vida. El jonrón de Wilton Veras con bases llenas volteando la pizarra 5-3, dobló las rodillas de los tigres sin recortarles las garras, y en el séptimo, cuando salió Sandino dejando dos a bordo, Shawn Bowman con conteo de dos bolas sin strike, ejecutó uno de esos “swings” que son capaces de mover una montaña, y achatando la pelota hasta convertirla en platillo volador, la hizo zumbar encima de la pared del jardín  derecho para el 6-5.


¿Fue ese el factor clave? No, porque en el octavo, el catcher Manuel Mejía tenía atrapado a René Oriental entre segunda y tercera, y sin moverse hacia adelante pelota en mano para acorralarlo en cualquiera de las bases, tiró rápidamente a segunda, facilitándole la proyección a tercera, desde donde anotó con un elevado de Jonathan Malo al bosque central.


Esa carrera, la séptima, inutilizó el esfuerzo indio en el noveno, con doble de Campuzano, hit y fly de sacrificio, que hubiera significado el empate. Agreguen estos detalles: Mejía falló tres veces con compañeros circulando, incluyendo dos ocasiones en posición anotadora; René Oriental realizó una estupenda atrapada, rebotando contra el muro del jardín central sobre un batazo amenazante de Lenín Aragón; y el relevo de Oswaldo Mairena en los innings 7 y 8, sujetó a los indios.

LO INESPERADO
¿Qué fue lo más sorprendente del segundo juego, el pitcheo dominante entre las dificultades de Róger Marín pintando ceros, o el brutal despliegue ofensivo de la tribu en ruta hacia una estrepitosa victoria por 12-0?


La intriga del partido, ya deteriorada por las arremetidas indias de tres carreras en el segundo y otra en el tercero contra Carlos Morla, se acabó en el cuarto, cuando con dos dobles, cuatro sencillos y un jonrón de Jilton Calderón, la diferencia se amplió 10-0. El relevo de Ricardo Martínez, sin permitir carreras en los últimos tres innings y dos tercios, fue con el marcador 12-0, con la caballería india re-hidratándose y limpiando sus cuchillos.


Clave, Marín, manejando apropiadamente a 10 corredores en las bases durante siete episodios. Los relevos de Orozco y Peña fueron más tranquilos que un amanecer en la playa. La gran atrapada, sacada del acto de acróbatas en el Circo del Sol, siempre eriza-pelos, la hizo Eduardo Romero, descabezando un batazo de Wilson Batista, y la rara estrategia, mandar a tocar bola al subcampeón de bateo Jimmy González después de dos hits sin out en el primer inning, lo mismo que el toque de Romero a continuación del doble abridor de Eduardo Holmann en el cuarto con la pizarra 4-0. ¡Diablos, chequeen si tienen sus cabezas en el lugar correcto!

OTRA PALIZA

Un marcador desproporcionado podía ser asimilado, pero dos consecutivos obligaban al manager del Chinandega, Davis Hodgson, a tomar calmantes. En la tercera batalla, el Bóer se impuso 12 por 1 entre las columnas de humo que “adornan” siempre el estadio de Chinandega, haciéndolo parecer escenario de una película de misterio.  El zurdo Cristopher Cooper, con un pitcheo cerebral, provocó tal desajuste en el bateo de los Tigres, que en ciertos momentos dieron la impresión de llegar al plato desarmados, intentando golpear las pelotas a puño limpio y vendados. Clave, el tercer inning, con los indios arrancándole alegremente el brazo al abridor Armando Hernández, marcando cinco carreras, agregando dos más en el quinto, y rematando en el sexto.


Gustavo Martínez entró a cerrar el juego cantando Cielito Lindo a caballo, con una buena guitarra, después que Chinandega gritara ¡bingo!, anotando su única carrera en el séptimo por un error.


Dos excelentes atrapadas: Calderón en el fondo del left field colgándose de un batazo de Jimmy, y Campuzano en el sexto, sacando del otro lado de la verja del center field un estacazo “marca” Bowman.

FINAL DRAMÁTICO

José David Rugama le había ganado tres veces al Bóer en la campaña, pero extrañamente, ese dato pareció carecer de importancia, y en un mundo al revés como el que nos grafica Eduardo Galeano, sólo lo vimos un rato en el primer juego como relevista. Ahora estaba como abridor, y frente a la más grande multitud que lo ha rodeado, se sintió como Luis Tiant, cuando debutó blanqueando a los Yanquis en la histórica casa que Babe Ruth construyó.


No había forma de hacerle carrera. Se veía tan inspirado como Leonardo frente al lienzo dibujando cero tras cero, respaldado por el jonrón solitario de Caleb Stewart en el segundo. Se tuvo la impresión de que Rugama no necesitaba más, pero después de siete argollas, aparentemente sin síntomas de cansancio, fue enviado a refrescarse en las duchas para que supuestamente presenciara el final de juego en posición de yoga y con una ancha sonrisa.


Chinandega aumentó 2-0 en el inicio del octavo, al perder el equilibrio Mario Holmann estando ya debajo de una pelota bateada por Jimmy González en busca de las nubes. Todo parecía consumado. Una falla de consideración cuando se trata de un juego de béisbol, siempre con tiempo suficiente para lo imprevisible. Con una carrera en el octavo y otra en el noveno, aprovechando una gigantesca falla de Esteban Ramírez, tan grande como las que convierten el Estadio en zona sísmica roja, el Bóer niveló la pizarra. Casi, casi Chinandega queda tendido, pero el juego se estiró tanto como la pobreza en este país, llegando hasta el inning 13.

Con dos outs y bases limpias, los gallos calentando para comenzar a cantar y las luces de las torres con sus párpados cayendo, hit de Reynaldo Rodríguez abrió espacio para un elevado somnoliento de Manuel Mejía, que cayó entre tres fildeadores también afectados por el desvelo, mientras Rodríguez, como persiguiendo a quien le sacó la cartera en una parada de buses, anotaba la carrera de la victoria.  En lugar de 2-2 y mucho que discutir, la serie estaba 3-1 a favor del Bóer con el misterio tan recortado, como la capacidad de compra de nuestra clase obrera.

UN MUNDO RARO

Cuando te hablen de ilusiones perdidas, no tienes necesidad de leer la gran obra de Balzac, te basta con recordar ese primer inning del quinto y último duelo, con el Bóer anotando seis carreras bateando sólo un hit. ¿Cómo fue posible eso? Con dos golpes, seis bases por bolas y un wild pitch. Sí, pueden creerlo.


Olvídense de aquellas películas de Boris Karloff, esto fue algo peor. La cara de Davis en pantalla lo decía todo, excepto, ¿por qué decidió abrir con el jovencito Ricardo Martínez estando su equipo en la cuerda floja a la orilla de la fosa?
Quienes creímos que el futuro del partido estaba sellado recibimos una bofetada en la cabeza cuando Chinandega reaccionó bruscamente atacando a Diego Sandino, que parecía estar envejeciendo aceleradamente lanzamiento tras lanzamiento. Viendo el 6-5 en la pizarra, estábamos cabalgando nuevamente sobre lo intrigante. En ese momento, se volvieron a abrir las taquillas del estadio.

 

Pero Chinandega no tenía suficientes brazos, y el Bóer volvió a la carga para establecer una diferencia de 12 por 6, solamente reducida a 12-9 en el último alarde de recuperación de los Tigres. Con cuatro triunfos consecutivos, los Indios se coronaron por tercera vez en la Profesional. Un fanático, posiblemente descendiente de los legítimos Boers de Holanda, hizo su celebración atravesando el terreno desnudo. “Creí que no me verían por el humo”, dijo. Por los constantes contrastes, fue una serie atractiva, en un país también de contrastes.
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