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Ha sido un salto espectacular el de los Indios. Del fondo del pozo a la cima de la montaña batallando contra reloj. Como si hubieran recibido una transfusión de sangre y experimentado una galvanización de su espíritu de lucha. De pronto, estábamos frente a otro Bóer, capaz de funcionar como una maquinaria bien aceitada y con los ajustes requeridos. Imparable, hasta para cualquier grupo de encapuchados.
Al amanecer del 21 de diciembre, el Bóer se encontraba en último lugar a 8 juegos del Chinandega y por la tarde, llegó a esa olla de presión que es el estadio de León buscando urgentemente la victoria. Con un firme y sereno trabajo de Diego Sandino, el equipo indio triunfó por blanqueada 4-0, forzando un empate con los rugidores en el último lugar, a cinco juegos del sublíder Oriental. Fue el inicio del gran resurgimiento.
Atravesar por una racha de 8 victorias, con Campuzano huracanado, Calderón oportuno, Mejía productivo, el pitcheo respondiendo a las exigencias que impone el quitarse la soga del cuello, y una defensa que aprendió a simplificar eficazmente, como si hubiera recibido un curso de álgebra superior con el ingeniero Jorge Hayn, le permitió al Bóer instalarse como segundo, aprovechando el derrumbe del Oriental obligado a jugarse la vida frente al León, sobreviviendo angustiosamente.
Entre las manos inflamadas y enrojecidas por los aplausos de una estimulada barra india, José Campuzano superó a Jimmy González y Ofilio Castro en la cerrada batalla por el liderato de bateo con .363 puntos; en tanto Manuel Mejía se proyectaba como líder en impulsadas con 37, casi una por cada ponche sufrido, y el zurdo Cristopher Cooper, terminaba tercero en efectividad con 2.56, sólo detrás de Carlos Pérez Estrella y Rodney Rodríguez, del Oriental.
Era un buen momento para preguntarse: ¿Seguiría el Bóer encendido en la Semifinal, o le cortarían la inspiración? La respuesta fue categórica: el Bóer avanzó a la disputa del banderín con una barrida en tres juegos. De esa forma, el equipo de Noel Areas emparejó las consideraciones con los Tigres antes de ponerse en marcha la serie crucial.
En contra de la ventaja de los occidentales con más triunfos en las batallas entre ellos durante la temporada regular, los indios presentaban su racha de 11 triunfos, con su voltaje elevado al máximo, mientras Chinandega, raramente derrotado ocho veces en forma consecutiva, abría espacio para otra incógnita: ¿cómo luciría con tanto tiempo sin ganar incluyendo ese descanso asegurado por el liderazgo obtenido, reducido sí, de 8 juegos, a sólo uno?
La victoria de los Tigres por 7-6 en el primer duelo, fue como una temprana zancadilla a la esperanza de un final feliz para los indios, pero las victorias consecutivas por 12-0 y 12-1, revolucionaron el optimismo capitalino, y aunque la serie casi se empata en el cuarto juego con el pitcheo apaga-furia de José David Rugama, el sacar de las brasas ese partido tuvo un gran significado.
Seriamente herido y gravemente desesperado, Chinandega necesitaba ganar tres seguidos, a un equipo que sólo había perdido una vez en sus últimos 15 juegos. No, eso no iba a ocurrir, y pese a la falta en su line-up del pelotero Más Valioso de la Final, Jilton Calderón, el Bóer se encontró de entrada con el Cofre del Tesoro en sus manos -esa ventaja de 6 carreras en el primer inning-, y supo terminar de sepultar a los Tigres.
¿Hay alguien por ahí que esperaba un cierre tan impresionantemente destructivo? No lo creo, y es que difícilmente lo vamos a volver a ver. No le pongan sello, pero pueden apostar a eso.
Lo más impactante, es que quedó demostrado que aún con un béisbol pequeño se pueden producir emociones agigantadas.