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Permitánme parafrasear a Juan Rulfo en su Pedro Páramo, después de haber visto como la fiereza de Ricardo Mayorga fue confiscada por Miguel Cotto en el cuadrilátero del gigantesco MGM en Las Vegas.

¿Cómo dice usted que le llaman a ese peleador tan golpeado, con su brazo izquierdo colgante como una escopeta
inutilizada?
-“El matador” señor.

¿Está seguro de eso?
-“Seguro señor”.

¿Y por qué se ve tan triste?
-“Son los tiempos señor. Le robaron su furia”
¡Diablos! ¿Y qué queríamos a los 38 años y después de tan cruentas batallas? El tiempo pasa, las facultades se derriten, la voluntad flaquea y la impetuosidad se pierde. Cuando careces de recursos técnicos, sólo quedan los latidos de un corazón agitado, apagándose dramáticamente.
Mayorga, que ha sido un éxito como vendedor de falsas ilusiones, aseguró haber alcanzado el mejor estado atlético de su carrera, conseguido avances para proponer un planteo tan agresivo como siempre pero más eficaz, y realizado un estudio de las virtudes y defectos de Cotto. Todo eso, lo impulsó a vaticinar un nocaut en cuatro asaltos.

Nada era cierto. Este Mayorga que vimos el sábado, hubiera sido liquidado rápidamente por Trinidad y De la Hoya, aún saliendo ambos de largos retiros. Aquel Mayorga, era capaz de proponerle a este Cotto, una pelea huracanada, tratando de llevárselo por delante, sin importar cuántos golpes fallara en el intento de establecer desequilibrio emocional para poder estimularse y crecer. Cotto de entrada tomó el centro del ring, y se plantó firme, con su izquierda muy activa y el oportuno acompañamiento de la derecha. Aguantó a Mayorga en tres acciones sin retroceder un paso y continuó así en el segundo asalto, dejando atrás el factor temor, cobijándose de confianza.

En el tercer round, Mayorga sintiéndose desarmado y sin autoridad, fue a las sogas, y desde una esquina, llamó a Cotto retándolo a meterse a las brasas. ¿Por qué hacerlo si el boricua se estaba acomodando en la distancia, aprovechando facilidades insospechadas otorgadas por el nica?

Mayorga envió algunas señales en el cuarto round, y después de sumergirse nuevamente en la oscuridad con su boxeo errático, registró un buen séptimo asalto, pero sin lograr enderezar las acciones ni desorientar a un enfocado Cotto, que daba la impresión de esperar las mejores posibilidades que el retador le ofreciera entre la confusión. Cuando Mayorga muestra el natural cansancio producto de tantos swings erráticos, y la inutilidad de sus intentos, pese a que logró en dos o tres ocasiones hacer sentir sus golpes, Cotto decide manejarse en la distancia, anticipándose con movimientos apropiados, a las aisladas embestidas del pinolero. A la altura del octavo y noveno asalto, el combate es unilateral. El boricua domina la geometría del cuadrilátero y mantiene a Mayorga a raya sin necesidad de realizar un esfuerzo extra.

Sólo quedaba la posibilidad siempre abierta que tiene un golpeador, de un impacto capaz de hacer girar todas las imágenes vistas. No ocurrió, en cambio, fue Cotto con esa izquierda casi fractura mandíbula, recibiendo a Mayorga, quien provoca el impacto más fuerte tirando hacia atrás y fabricando una extraña caída con el retador mirando angustiosamente su mano izquierda, supuestamente dañada.

No había más que hablar y que ver, aunque sí mucho que escuchar.
Furia divino tesoro, te vas para no volver, cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer, diría el poeta levantándose de su butaca en ring side, buscando la salida, recordando al “matador” cuando ciertamente lo era, antes que su fiereza fuera confiscada.