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“Mostrad mi cabeza a la gente. Vale la pena”, dijo Dantón al verdugo. Seguramente eso fue lo que pensó Carlo Ancelotti, el técnico del Milán, después de la derrota rompe-corazones por 2-0 frente al agresivo e inspirado Arsenal inglés. El último ganador de la Champions fue decapitado en los minutos finales de un juego intenso, cargado de variantes ofensivas y cobijado por la incertidumbre.

El español Cesc Fábregas había sido la figura cumbre del juego. En el minuto 33 realizó con rapidez y precisión un potente remate de derecha que rebotó ruidosamente en el horizontal, sacándole provecho a un pase de Emmanuel Adebayor. Interceptando, armando y desarmando, Fábregas parecía multiplicar sus imágenes mientras Kaká batallaba por hacerse notar.

En el minuto 84, con el público jadeando, Cesc recibió una pelota robada, y desde la mitad de la cancha inició su proyección. Ambrosini por la derecha se quedó corto y Gatusso por la izquierda se vio inutilizado. Desde casi 35 metros, Cesc dibujó un zapatazo grandioso con la derecha, que entró junto al poste izquierdo derritiendo el accionar retardado del arquero australiano Kalac.

El 1-0, a esa altura, con el reloj sudando, colocó al Milán boca abajo mientras las tribunas del Estadio de San Siro enmudecían. Empatar no le servía al equipo italiano, y marcar dos goles en un abrir y cerrar de ojos como lo hizo asombrosamente el Manchester frente al Bayern en aquel cierre inolvidable, era improbable.

Antes de jugarse los cuatro minutos adicionales para reponer tiempo congelado, Adebayor terminó con cualquier gramo de duda, concretando, a quemarropa, una entrega rasante de Theo Wolcott, quien se filtró por la derecha y que Kalac vió pasar sin poder reaccionar. El 2-0, consecuencia de puñalada y estocada, selló la muerte del Milán.

El primer tiempo ofreció un fútbol abierto con muchas posibilidades de gol, como esa que malogró Pato recibiendo un magistral pase bombeado de Kaká a los 18 minutos. Previamente, a los siete, Cesc salvó en la propia línea una opción fabricada por Maldini aprovechando un corner.

Fue Cesc quien organizó un contragolpe malogrado en el último instante por Adebayor, y minutos después Eboué falló un gol cantado. A los 33, Cesc con su disparo al travesaño, alteró ritmos cardiacos. La búsqueda del gol facilitó un fútbol fluido y generador de peligros para disfrute de la clientela.

Kaká, desconectado la mayor parte del tiempo, no pudo incidir como Fábregas, y el Milán se fue diluyendo, con el Arsenal acelerando y sosteniendo la presión. En los minutos finales, cuando todo hacía indicar que el partido no admitiría otro resultado que no fuera el 0-0 garantizando la prórroga con la posibilidad de un desenlace vía tiros de penal, el Arsenal, con goles de Fábregas y Adebayor, decapitó al Milán.