Jorge Eduardo Arellano
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BRUSELAS / AFP
La fiebre de las fusiones agita al mundo de las compañías cerveceras, que buscan respuestas a la desaceleración de la demanda en algunos de sus mercados históricos y a la escalada de precios de las materias primas.

La consolidación a paso acelerado de estos últimos años llevó a la emergencia de cuatro grandes grupos: el belgo-brasileño Inbev, el británico SABMiller, el estadounidense Anheuser-Busch y el holandés Heineken.

El proceso no concluyó, como lo demostró esta semana la oferta no solicitada de Inbev para hacerse con el control de Anheuser-Busch por 46 mil millones de dólares.

El éxito de esa operación le permitiría al gigante belgo-brasileño de consolidar la posición de número uno mundial, con un volumen de negocios acumulado de 36 mil millones de dólares, contra solamente 21 mil millones del número dos, SABMiller.

Este último se unió en Estados Unidos con Molson Coors; en otra maniobra, Heineken realizó en enero una alianza con el danés Carlsberg para desmantelar al británico Scottish and Newcastle.

La búsqueda de gigantismo se justifica porque las fusiones permiten economizar escalas.

Dos grupos que se alían comparten sus circuitos de distribución y se benefician de un “efecto palanca” sobre el precio de las materias primas; “comprar volúmenes más importantes provoca una gran diferencia” de costos, apunta Kris Kippers, analista de Petercam.

Y esa diferencia resulta muy apreciable para hacer frente al aumento de precios del lúpulo y de la malta.

La fortaleza del euro aumenta además la atracción de algunos blancos de la política de fusiones. “Si yo fuera un patrón europeo, compraría con gusto una sociedad estadounidense, sobre todo si pago en dólares”, comenta un observador del sector cervecero.