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Recientemente hemos oído hablar cada vez más en la región de negocios inclusivos y de instituciones inclusivas, temas que me interesan sobremanera como vía para construir sociedades más prósperas, sostenibles en donde ojalá algún día podamos tener más crecimiento acompañado de democratización económica, término relacionado con una mayor equidad en el ingreso.

Es decir las posibilidades que por vía de esfuerzo y creatividad un individuo pueda mejorar su bienestar.

Los primeros se refieren a negocios en y con la base de la pirámide. No se trata solo de venderles a los pobres sino de - dependiendo de la naturaleza de la oportunidad- incluirlos en la cadena de valor de la empresa ya sea como proveedores, socios o clientes.

La valoración de la factibilidad de esta idea se basa en el principio de sostenibilidad bajo el cual las empresas buscan maximizar sus beneficios privados, pero contribuyendo a una mejor sociedad y a un mejor medio ambiente.

Visto desde otro ángulo la empresa responsable o sostenible trataría de minimizar los impactos negativos de su cadena de valor a través de la búsqueda de eficiencias en sus productos y procesos (impacto de “adentro hacia afuera”), y a la vez realizando acciones para mejorar algunos aspectos del entorno competitivo relevante para la empresa y su giro de negocio (impactos de “afuera hacia dentro”) aumentando de esta manera el llamado valor compartido por Porter y Kramer (2003). Muy a menudo acciones de sostenibilidad se enmarcan dentro del ya bastante popular término de RSC (Responsabilidad Social Corporativa).

Región con ejemplos

Esta es parte de la sostenibilidad y está normalmente asociada a acciones altruistas y filantrópicas de carácter muchas veces esporádico.

Aquí estamos hablando de una acción más coherente y plenamente alineada a la estrategia competitiva de las empresas. Porter y Kramer hacen la diferencia entre RSC reactiva para referirse a la primera versus RSC estratégica en el caso de la segunda que es la que más nos interesa.

Ya son varias las experiencias en la región en este sentido, desde pequeñas empresas de jóvenes emprendedores en Guatemala y Nicaragua en el sector de energía, llevando opciones de electrificación basadas en energía renovable a las comunidades rurales de esos países, pasando por Honduras con negocios inclusivos con recolectores de plástico reciclado que proveen materia prima para la fabricación de productos de plástico para la industria y consumidores.

En Nicaragua, por otra parte, la industria cafetalera tiene inversiones tendientes a mejorar el capital humano en escuelas rurales a través de tecnología y comunicación satelital, en El Salvador están las iniciativas de un gerente en la industria hotelera por incorporar la inclusividad en el modelo de negocios de un hotel de playa.

En Costa Rica hay ejemplos todavía más numerosos en varios sectores como el hotelero y en Panamá hay proyectos similares en empresas cafetaleras solo por citar parcial y brevemente algunos ejemplos.

¿Qué hacer para que estas experiencias se multipliquen? Especialmente en aquellos países más golpeados por la pobreza, violencia criminal y medios ambientes degradados. Más sobre esto en una segunda entrega.