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A veces se escucha decir en algunas empresas: “La Seguridad es nuestra primera prioridad”, y están en lo correcto, debido a que no se ha alcanzado aún a visionar que la Seguridad --para que verdaderamente sea lo número uno--, jamás puede ser una prioridad. Se debe elevar hasta un nivel de valor, el cual --al contrario de una prioridad-- nunca debe cambiar, no se debe menospreciar ni debe ser transado por ningún objetivo comercial o ideológico.

La Seguridad, cuando se maneja como una prioridad, queda sujeta al vaivén de los efectos presupuestarios, de la consigna política, o de las urgencias que afectan el día a día organizacional.

Lo más importante de tener la Seguridad como un valor no es hacer la declaración altisonante por parte de los directivos de la empresa, como en una campaña barata de mercadeo. En las palabras vacías nunca se encontrará la verdadera vinculación de las personas con este valor, tampoco en las pósters de políticas. En donde verdaderamente reside es en las vivencias y ejemplo de los directivos que están detrás.

El pasado 25 de agosto vimos el caso del desastre en la refinería de Amuay, en Venezuela, donde un incendio provocó la muerte a 42 personas. Aparte de las declaraciones del porqué ocurrió el accidente, se debería analizar más bien qué tipo de valores son los que sostenía el personal directivo que está detrás de la tragedia.

Es preciso, entonces, determinar el verdadero modelo de conducta que los directivos estaban ejerciendo en el personal. Obviamente, la Seguridad era una prioridad, sin duda alguna, y por eso ocurrió el accidente. Al ser la Seguridad una prioridad, se degradó a un nivel tal --como ocurre irremediablemente cuando no es un valor-- que se perdió de vista en el sinnúmero de prioridades concurrentes en Pdvsa, pasando a ser un simple referente cultural arcaico, algo con lo que se debe tener cuidado algunas veces, pero nada más.

Cuando se normalizan los accidentes basados en un exceso de confianza y en la certidumbre de que lo más importante eran las metas de producción, la consigna; la lealtad personal y no la disciplina organizacional; la filiación partidaria pero no la integridad operacional; la imagen pero no la sustancia; la violación de normas básicas de prevención --como tener personas viviendo al lado de los equipos de procesamiento--; al descuidar los estudios técnicos independientes que llamaban sin reparo a completar escrupulosamente los mantenimientos periódicos, a invertir tiempo y dinero en los mantenimientos preventivos rutinarios; entonces se completó el ciclo, donde el azar cobra una precisión matemática. Un evento en el cual la única lección dura es que la administración de la Seguridad no admite color político, que la responsabilidad no sabe de ideologías, que el peligro no es la operación de un proceso, sino quienes con sus omisiones y distracciones hacen que este colapse por una simple acumulación de incidentes reiterados. Ojalá se pueda aprender de los errores y evitar tanta palabrería en vano.

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