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A mediados de septiembre, en Karachi, Pakistán, ocurrió el accidente industrial que ha dejado mayor cantidad de víctimas en la historia de ese país. La compañía Ali Enterprises tomó fuego y cerca de 300 personas fallecieron, ya que no pudieron evacuar el sitio debido a que todas las salidas de emergencia --menos una-- estaban bloqueadas infranqueablemente.

El caso ha cobrado relevancia no solamente por el número de víctimas, sino por el hecho de que la empresa, dos semanas antes, había ganado con bombos y platillos la prestigiosa certificación SA8000, la cual implicaba que había cumplido con los estrictos requerimientos internacionales en nueve áreas clave: Seguridad y Salud Ocupacional, Prohibición de Trabajo Infantil y Salarios Mínimos, entre otros temas auditados.

La evaluación se realizó por encargo de Social Accountability International (Organización Internacional de Rendición de Cuentas), una ONG que obtiene ingresos sustanciales de corporaciones privadas alrededor del mundo, siendo ahora expuesta al escarnio público debido a que muchos países occidentales habían confiado en las evaluaciones efectuadas por esa organización para certificar y dar un sello de aprobación a las adquisiciones de productos textiles y electrónicos provenientes de países en desarrollo.

Aunque el caso es emblemático, no es del todo atípico. Muchas certificaciones de sistemas de gestión --no todas, por supuesto-- son adquiridas hoy en día como un recurso más de mercadeo, como un signo de distinción, o como una variante más de la patología individual ya identificada por el Dr. León Núñez en su libro “El Síndrome del Figureo”, solo que esta manifestación es a nivel empresarial.

El problema no es tanto la adquisición de estas certificaciones, porque también pueden lograrse por decreto. El punto es que, como todo proceso, tiene etapas, gradualidades y adaptaciones. Cada una debe ser transcurrida y agotada en forma secuencial, para que las acreditaciones sean sostenibles y convertidas en verdaderas normas de gestión, tanto a nivel grupal como de individuos.

El caso en cuestión puede extrapolarse a nuestras geografías sin temor a errar en algunas conductas identificadas, sobre todo, cuando se acercan las auditorías y evaluaciones, y se procede a convertir una serie de eventos para los cuales se omitieron los requisitos normativos durante un período considerable de tiempo, y la organización cae en una crisis solamente para hacer “catch-up”, o ponerse al día en los requerimientos que fueron omitidos.

Las inspecciones toman lugar solamente cuando están las tramoyas y las coreografías están ya preparadas por aquellos especialistas en hacer lucir como norma organizacional procesos para los cuales no hubo cumplimiento en fechas exactas, debido sobre todo, a un propósito equivocado de la razón de ser de la certificación.

No es casualidad, entonces, que en algunos países se haya procedido a “des-certificar” a algunas empresas acreditadoras de estos sistemas de gestión, debido a que han efectuado certificaciones express, reducciones minimalistas de los trámites y requerimientos procedimentales de empresas que buscan solamente una acreditación a toda costa, con un mínimo esfuerzo y sin período de adaptación.

 

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