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Hoy día es tan popular el tema de la Responsabilidad Social Empresarial, o Corporativa, --como también se conoce--, que ha llegado a extremos singulares, por no decir otra palabra.

Muchos consultores, especialistas y gurúes están haciendo mucho dinero por dar las claves de tan mágico descubrimiento, de tan depurada disciplina.

Hay que escrutar el tema para ver qué hay dentro. Existen numerosas empresas que este tema lo hacen con muy buenas intenciones, como verdaderamente corresponde; no obstante, el tema es manoseado y usado como una actividad superficial, con elementos tan parecidos al Mercadeo y a las Relaciones Públicas, que en realidad no se pueden distinguir con certidumbre.

No se puede mejorar el desempeño de una organización, --al menos en forma lógica-- sin empezar con una secuencia de prioridades.

El personal de una empresa es el primer estamento donde se tiene que asegurar que no se le está causando daño debido a accidentes, lesiones, enfermedades ocupacionales, por un inadecuado alineamiento entre lo que se dice y lo que se hace.

La falta de involucramiento gerencial de algunas organizaciones en temas tan fundamentales como la prevención de accidentes y la capacitación respectiva, y sin la adecuada dotación de recursos, es una trivialización manifiesta que hace que este modelo de conducta directiva permee en toda la organización, degradando un elemento crucial para el logro de resultados, dando la imagen que es algo que no tiene una utilidad en sí misma, que es solo un requisito legal y que no hay “glamour” alguno en que un directivo se involucre visiblemente. ¿Por qué?

Porque las acciones gerenciales irremediablemente modelan, forman, arquitecturan, dan contenido, ejemplifican verdaderamente lo que es correcto y deseable de promover dentro de la organización.

El ejemplo de la dirección es lo que establece el alineamiento de prioridades para el resto del personal.

Los hechos siempre son más fuertes que las palabras, y no hay mensaje más claro al personal sobre la importancia o indiferencia de los temas ejecutivos que la atención que estos le brinden a cada uno.

Las declaraciones y afiches sobre los pretendidos valores organizacionales sirven muy poco para diagnosticar verdaderamente su existencia. Los ejecutivos deben vivenciarlos, vivirlos y proyectarlos, alinear los hechos con las palabras.

Vivimos en un tiempo en que la realidad es impuesta por el mercadeo y la proyección hiper-realista de los medios instantáneos, lo cual hace que sea muchas veces indistinguible cuál es cuál.

Si se pretende que la seguridad sea verdaderamente una materia donde se alcancen resultados, los ejecutivos deben hacer de esta un valor y no un componente virtualizado políticamente correcto, para disfrazar nuestros verdaderos valores.

Poner la seguridad como un valor implicará que los ejecutivos no solamente hablen del tema, sino que este sea gestionado al igual que los demás imperativos de negocio, ya que no puede ser dejado al azar, ni ser degradado a un asunto publicitario; es una función que debe ser gerenciada, puesto que los resultados siempre apuntarán a la máxima autoridad directiva.

noalosaccidentes@gmail.com