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Las organizaciones y personas exitosas tienen en común su determinación para convertir intenciones en acciones. Evitan vivir a medias permeadas por zozobra e incertidumbre. En algún instante llegaron a lo que se conoce como punto de quiebre, el antes y el después. Dejaron de especular y dudar para dar el gran paso: ¡actuar! Se atrevieron a zarpar del puerto del confort o del temor al cambio y navegaron sabiendo que enfrentarían aguas turbulentas antes de llegar a un mejor destino.

Los anhelos sin acciones son barcos anclados, flotan pero no avanzan. Con solo mirar una empresa que triunfa, un equipo ganador o una persona realizada se descubre que en su momento de quiebre se equiparon con coraje y con la convicción de que jamás se rendirían, ante nada ni nadie, pasara lo que pasara. Marcaron el destino, luego el rumbo.

Fijar el rumbo consiste en convertir propósitos en proyectos. Con los primeros nacen ilusiones y pasiones, pero solo con los segundos los esfuerzos toman forma. No importa cuánto tiempo se invierta en planear la ruta; la clave de una buena ejecución surge de una excelente planificación. Visualizar oportunidades, anticipar situaciones, imaginar escenarios, ordenar ideas y prever recursos son pilares para un viaje seguro.

Tanto la fijación de metas con plazos intermedios y finales como el alineamiento secuencial y lógico de acciones, son detonantes para la confianza y la valentía de arrancar motores y avanzar. Claro, siempre  habrá que dejar espacio para la intuición y el instinto, pues no todo resulta como se planea, pero lo crucial es la decisión de moverse para dejar atrás estados emocionales resquebrajados, cárceles mentales e ilusiones incompletas o postergadas.

Los propósitos nacen en la mente pero pueden quedarse allí; los proyectos, en cambio, nacen en la emoción de concretarlos. La inclaudicable voluntad de actuar es poderosa, una vez iniciada la ejecución el “si hubiera” se queda en el puerto.

Durante el viaje todo lo que resta es trabajar, reacomodar cargas, ejecutar cada paso y disfrutar los retos. Según el argot popular, los que nunca planean son los que se saben incapaces de concretar algo. Pero los que trabajan duro no saben qué es la pereza. “Vive tratando de realizar muchas cosas que has soñado y no te quedará tiempo para sentirte mal”, señala Richard Bach.

Al convertir intenciones en proyectos específicos se induce a la proactividad, se parte de una visión ideal de resultados y se siente el compromiso de alcanzarlos. Curiosamente, la palabra éxito viene del latín “exitus” que significa término, fin. Emprender nuevos rumbos es el punto de quiebre para salir de dónde y cómo estamos. El segundo paso es  formular y ejecutar proyectos para cosechar el éxito, o sea, la llegada al puerto deseado.

 

Profesor de INCAE, Business School