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Algunos estudiosos y profesionales de las finanzas definen el crédito como un commodity, y quizá tienen razón, puesto que toda persona en algún momento de la vida o quizá siempre necesite estar apalancada o financiada para poder hacer realidad o alcanzar un proyecto en un plazo más temprano.

La palabra “crédito” viene del origen latín “Creditum”, que significa “Confianza”. Toda organización que ofrece servicios financieros entra en el proceso de la intermediación financiera, es decir, obtiene dinero ya sea del público o de fondeadores locales e internacionales, para luego colocarlos vía crédito a un determinado público objetivo.

En todo este proceso ha estado presente la “confianza” para poder realizar dicha intermediación, puesto que el fondeador confía en que la institución financiera será capaz de administrar bien la cartera de préstamos, al mismo tiempo que la institución también confía en que sus clientes podrán ser capaces de retornar el crédito otorgado para poder a la vez repagar al fondeador.

El crédito, como un producto, no es otra cosa que traer a valor presente una compra futura; en ese sentido las instituciones de microfinanzas y bancos han incorporado a su cartera de créditos cierta gama de productos para distintos tipos de necesidades, entre ellos está el “microcrédito”, que no es más que un producto financiero diseñado para los microempresarios informales cuyo destino específico es para la compra de bienes o servicios que luego serán comercializados a los clientes finales, obteniendo así un margen de ganancia.

Aunque también podrían estar destinados para pagar deudas más caras o financiar cuentas pendientes de cobro, cuyo objetivo es mejorar la liquidez del pequeño negocio.

Sin embargo, algunas instituciones han incorporado a su portafolio otro producto crediticio denominado crédito de “consumo”, cuyo destino es 100% improductivo y aunque si bien es cierto que es un producto muy necesario obtenerlo, ya que conduce a una mejor calidad de vida para el individuo, como financiar estudios, comprar un vehículo para la familia, adquirir activos para el hogar, etcétera, ese producto como tal ha sido “satanizado” o mal vendido por algunas organizaciones en su afán de crecer en cartera y obtener más clientes.

Si bien los microempresarios tienen también necesidades en adquirir bienes vía crédito de consumo, también es cierto que por la naturaleza y características propias de sus negocios, requieren de una tecnología crediticia y de un análisis más especializado y que no puede ser otorgado sin tener pleno conocimiento de la funcionalidad y beneficios para ambas partes, tanto de la entidad como del microempresario.

La situación ha conllevado a muchos clientes a caer en el sobreendeudamiento, y por consiguiente, al deterioro de su récord de crédito, el que además repercute directamente en la calidad de la cartera y beneficios económicos de las instituciones de microfinanzas, bancos y financieras que han incursionado en el producto de consumo, sin tener la debida experiencia, tecnología y sensatez para hacerlo.