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Un colega me comentó que dos accionistas mayoritarios de grupos importantes de empresas, uno situado en América Latina y el otro en Estados Unidos, habían conversado acerca de la educación de sus hijos. El del Norte le aconsejó al del Sur que no los hiciera cursar la universidad. En su opinión, dada la posición económica de ambos, la universidad no era tan conveniente para sus hijos como lo era para quienes habrían de buscar empleo al momento de graduarse.

“Lo que necesitan es trabajar desde jóvenes y adquirir la mayor experiencia posible”. El latinoamericano había estado de acuerdo. Sus hijos trabajaban en las empresas familiares y recibían clases particulares dictadas por distinguidos profesores.

Un artículo publicado a mediados de 2012 en The New York Times titulado Drop Out, Start Up informó acerca de las becas Thiel ─Thiel fellowships─ para menores de 20 años, de dos años de duración, por medio de las cuales cada uno de los 20 jóvenes seleccionados anualmente habría de recibir US$100,000 y comprometerse a no cursar un college por espacio de dos años. Las becas habían sido creadas en 2011 por Peter Thiel, uno de los fundadores de Pay Pal e inversor de Silicon Valley.

El artículo señalaba que “Thiel cree que más jóvenes deberían estar ocupados en la búsqueda de nuevas tecnologías que en perder tiempo y dinero en el college”. […].

Thiel se basa en el folklore de Silicon Valley donde las cafeterías están llenas de CEOs que hasta hace poco eran teenagers y donde ser alguien que hubiese abandonado la universidad se convierte en algo así como una medalla de honor ─que alguna vez lucieran las más grandes luminarias de la tecnología, incluyendo a Steve Jobs y Bill Gates así como M. Zuckerberg” (y también, por ejemplo, Michael Dell).

Estos párrafos ilustran situaciones en las cuales la universidad no es el único camino abierto a los jóvenes que buscan alcanzar un futuro promisorio.

El primer caso resalta la necesidad de prepararse para manejar una fortuna familiar; el segundo, la oportunidad de encaminarse en ciertas especialidades técnicas sin un título universitario y sin necesidad de endeudarse, y con la posibilidad de transformarse en un innovador o empresario millonario. Claro que no cualquiera pertenece al primer grupo, y no son tantos los que se animan a seguir el segundo camino.

En los últimos años se puso de moda en distintos círculos de los Estados Unidos, la discusión acerca de la conveniencia o utilidad de una licenciatura. Discusión en la que se destacaron dos importantes venture capitalists, ambos egresados universitarios, uno de los cuales fue el mencionado Thiel.

Los argumentos que se invocaban no eran nuevos, pero se hacía en forma más intensa: los costos de cursar una licenciatura habían aumentado más de la cuenta; la conveniencia de cursarla estaba plagada de incertidumbre, y la educación era menos exigente.

Quienes sostenían lo contrario decían que las becas Thiel conformaban una idea desagradable y narcisista que retardaría el desarrollo intelectual de los becarios, y que lo único que hacían era dirigir hacia la acumulación de riqueza cualquier energía altruista que estos tuvieran. Otra opinión decía que alejaba a los jóvenes tanto del amor al conocimiento per se como del respeto a los valores de la clase media.

Desde un punto de vista más “práctico,” se señalaba que “los graduados de los colleges estaban más orientados a una carrera.

Cursar una carrera significaba que los estudiantes tomaban un compromiso real con su futuro. Cobrar un sueldo no era lo único que buscaban”. ¿Usted, lector, qué opina?

 

* Profesor Emérito, Incae Business School