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Alcanzar posiciones relevantes, poseer prestigio y ser premiados con el éxito está muy bien; el problema comienza cuando se cruza la delgada frontera entre el sano orgullo por esas satisfacciones y la arrogancia, que es el orgullo enfermo. Los efectos son devastadores para el liderazgo y el ambiente de trabajo.

Toda persona tiene derecho a desarrollar sus talentos, a aspirar a ser y lograr más profesional y laboralmente. Es legítimo que pretenda proyectar sus ideas desde posiciones que así se lo permitan; mientras lo haga con los pies sobre el terreno de la ética le irá bien. Pero si confunde crecer con ser superior a los demás, allí iniciará la carrera hacia el rechazo y la frustración, al constatar que su supuesta grandeza no es más que un ego inflamado.

Los síntomas de haber cruzado la frontera son muy diversos y todos somos propensos a padecerlos. Repasemos algunos: mal humor ocasionado por la insatisfacción de no ser lo que se aparenta, soledad creciente por abandono de los decepcionados, conflictos con quienes debaten ideas con inteligencia, celos ante la prosperidad de otros. Agreguemos: altanería para imponer puntos de vista, terquedad de creerse infalible, desconsideración e irrespeto al prójimo. Por eso y más, quienes avanzan a paso firme hacia la cumbre, pero en el camino botan la humildad y recogen rocas de soberbia, caen en el abismo de la soledad y del  olvido. Según Séneca, “es pasajera la felicidad de aquellos que ves caminar con arrogancia.”

Son inteligentes los que tienen la sabiduría de no cruzar la frontera, y sabios los que se devuelven a tiempo al hacerlo, para lo cual usan su pasaporte de realismo y lealtad a sus valores. Los que se mantienen en el territorio del sano orgullo no pierden el asombro ante los méritos ajenos y lo expresan. Se concentran en aprender, incluso, de quienes confrontan sus ideas. Siempre conservan la sensatez de pensar que son capaces de equivocarse, por lo que jamás se separan de la compañía de la cordura. Se perdonan por sus errores y dispensan las bajezas que reciben de los que solo saben destruir, ante su incapacidad de crear.

La petulancia es la expresión de los débiles e inseguros, de los que temen rectificar o pedir perdón y de los que traspasan el límite entre servir y pretender ser servidos. El influyente Paulo Freire marca bien la precaución a no cruzar la “frontera” que hemos descrito: “No es mi arrogancia intelectual la que habla de mi rigor científico. Ni la arrogancia es señal de competencia, ni la competencia es causa de la arrogancia. No niego la competencia de ciertos arrogantes, pero lamento que les falte la simplicidad que, sin disminuir en nada su saber, les haría mejores personas. Personas más personas”.