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Nazca, Perú. Desde la superficie, al lado de ellas, solo se aprecian piedras de diversos tamaños con colores que tienden a negro y rojizo. Apenas se insinúa que por allí hay algo, de repente un sendero, aunque no se logra distinguir nada más. No obstante, basta con sobrevolar Nazca y Palpa y el panorama es espectacular. Los misterios afloran y la búsqueda de respuestas se apropia de la conversación de los sorprendidos visitantes.

Algo similar nos ocurre en las organizaciones. Estamos en medio de ellas, en el día a día, con un ritmo ajetreado y con una visión tan interesada solo en lo inmediato, que perdemos la perspectiva global. A veces, ni siquiera apreciamos lo positivo que tienen tanto la empresa, como nuestro paso por ella.

Estas líneas y geoglifos datan de entre 200 a.C. y 600 d.C. Numerosas investigaciones han tratado de explicar la forma y razones de su construcción. Algunas hipótesis sorprenden más que otras.

Llevan allí dos mil años, intrigando y desafiando el intelecto. Lo interesante es el respeto que ganan quienes las construyeron por su ingenio y avanzados conocimientos de geometría. En igual modo, los nuevos miembros de las organizaciones no deben suponer que “todo siempre fue como hoy” o que “esto ya existía”; lo que a veces causa falta de aprecio a los fundadores, incredulidad y un lamentable desconocimiento de las raíces, lo cual complica la implementación de cambios culturales.

El reemplazo de las generaciones de miembros y el ingreso de nuevos líderes en las empresas, no significa desmantelar una cultura organizacional para crear otra. El manejo de las transiciones, respetando experiencias y contribuciones puede ser la esencia del éxito de la modernización o profesionalización. De lo contrario, es como estar cerca de las líneas de Nazca y ver solo piedras sobre un extenso terreno, sin apreciar la riqueza que este contiene. Las nuevas generaciones necesitan elevarse sobre el presente para tomar perspectiva sobre el origen, la inmensidad de lo realizado y el gran aporte de sus antecesores.

En Nazca algunos argumentan que sus ancestros plasmaban sobre el terreno lo que observaban, de allí los geoglifos con forma de animales, instrumentos y vida en familia. Agregan que las figuras servían como guías para los cambios de estaciones, la ubicación del agua y las direcciones. En igual modo, nosotros debemos dejar huellas perennes a nuestro paso, que serán bases sólidas para el futuro de quienes nos sustituyan.

1,000 rectas y 800 figuras en apenas 520 kilómetros cuadrados no son una confusión si aprendemos a observarlas desde la lejanía. Y eso es lo mismo que nos conviene hacer periódicamente: tomar distancia para apreciar el valor de la historia organizacional y de nosotros mismos como protagonistas activos de ella y de nuestro propio destino.