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El reloj ya marcó las cinco de la tarde. Los dos portones del parque industrial Las Mercedes ya están abiertos. Una avalancha de personas emerge de las entrañas de la nave industrial de 187,500 metros cuadrados, en un área de 50 manzanas en el kilómetro 12 ½ de la Carretera Norte, en Managua.

Esa es la hora más esperada no solo para los 30,000 trabajadores de esa zona franca, que representan casi el 30% de los operarios de ese sector a nivel nacional, sino también para centenares de comerciantes que desde las tres de la tarde instalan sus mercaderías.

Aparentemente, no hay diferencia entre un pasillo del Mercado Oriental y la acera que bordea la maquila. El desorden de los tramos, la estrechez del espacio para caminar y los incesantes gritos de los vendedores que a la suerte del “¿qué vas a llevar, amor?,” ofrecen sus productos, es igual en ambos lugares.

Afuera del parque industrial Las Mercedes no solo hay comiderías, tiendas de ropa, puestos de verdura, tortillerías, venta de lácteos, juguetes y CD. También hay espacio para tres prósperos casinos que llaman a los cansados operarios de zona franca a probar suerte.

“Aquí los días siempre son buenos”, afirma Douglas Centeno, quien hace más de 10 años administra el casino “González”, que a diario recibe a más de una cuarentena de trabajadores y en los días de pago no da abasto.

En este sitio también hay tres barberías que prometen cambiar el look por tan solo C$30. Mauricio Membreño es uno de los tres “estilistas” de la zona. “Sin duda, es el lugar donde mejor me ha ido en toda mi vida”, afirma.

Rebeca Guagardy es una vendedora que tiene más de siete años en esta especie de ciudadela. Carga con 70 años de vida y cuenta que por muy bajas que estén las ventas no deja de ganar al menos C$200 en el día.

“Aquí los trabajadores compran más barato que en las ventas”, comenta la señora.

El bullicio de los operarios se confunde entre el murmullo de los comerciantes y el sonido estrepitoso del tráfico. Eso es lo más difícil, dice Ángela Vidal, una joven operaria de zona franca que en más de dos ocasiones ha escapado de la muerte ante la amenaza de perecer atropellada.

“Una vez casi me atropella un bus y hace un mes un carro”, afirma Vidal, quien prefiere desafiar a la muerte antes que utilizar el puente aéreo que está tomado por bebedores consuetudinarios.

Por el lugar transitan las rutas 266 y 169 y los buses de Tipitapa, que no salen de ese punto hasta no ir sobrecargados de pasajeros. El desfile de buses repletos de gente termina pasada las seis de la tarde.

El trajín de la salida de los trabajadores de la maquila se apaga cerca de las siete de la noche. A esa hora los comerciantes vuelven a empacar sus mercaderías y la ciudadela empieza a desaparecer.